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Crónica #3 Sitges 2015. MIRADAS DE HOMBRE, CUERPOS DE MUJER

Un tímido aumento de mujeres directoras se atisba en el festival de Sitges. Insuficiente, por el momento, para afirmar que el cine fantástico no sigue siendo, en gran medida, un territorio filmado y programado por hombres. Y en este escenario, queremos preguntarnos, por mucho que otros se hayan preguntado ya antes, y sobradamente, cómo puede afectar el género del creador al cine fantástico que vemos en la pantalla.

Me permito esta introducción para poner en contexto tres de las películas que se han visto en estos días: Knock Knock (Eli Roth), Love (Gaspar Noé) y Tag (Sion Sono). Las tres comparten, desde ángulos dispares, el tema de la mujer y de su cuerpo como fuente de placer, terror o entretenimiento.

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Knock Knock, se dibuja como el fallido reverso del Funny Games de Haneke, con Keanu Reeves como padre de familia agredido, y Lorenza Izzo y la española Ana de Armas como pérfidos súcubos que, tras tentarlo con sus lujuriosos cuerpos, deciden castigarlo por su traición a su mujer e hijos.

Llama la atención en primer lugar que, cuando las chicas son las malas, su maldad no vaya asociada únicamente a un comportamiento psicopático, como en Funny Games, sino a una perversión radicada en lo sexual y a una insana venganza de orden moral. Elementos que, ¡oh casualidades!, sirven en bandeja la oportunidad de desplegar un abanico de escenas de seducción facilona que permitan insinuar, mostrar, recorrer y deleitarse en las curvas, pechos y caritas, por qué no decirlo, de las dos jóvenes y hermosas actrices. El sexo vende, aunque hay que cubrirlo, en la América de las libertades, de un halo de puritanismo suficiente. De ahí que el director someta a su personaje, a su público y posiblemente a sí mismo a una (auto)flagelación perversa y triste, a parte de, dramáticamente resuelta a jirones, mediante la cual nos coloca en una doble posición: la de juzgar, moralmente, el comportamiento y la integridad del personaje de Reeves, pero a la vez, la de haber gozado visualmente, igual que el protagonista, del exhibicionismo de escotes y largas piernas de vocación intrascendente. ¿Hipocresía de bulto o refinada ambigüedad?

LOVE

Love, de Gaspar Noé, deja muy claro desde el principio que su historia va a contarse a través de los cuerpos de sus personajes, cuerpos de mujer y de hombre. Murphy y Elektra, dos jóvenes que se enamoran, hacen el amor, follan, vuelven a follar, sufren el desgaste de las relaciones sentimentales y finalmente se separan, es un drama de pareja en 3D que, por si no se nos ocurrían etiquetas certeras, en el film se nos deja caer que todo el asunto va de “sexualidad sentimental”, filmar el sexo según los sentimientos de quien lo practica.

Y sí, eso lo consigue: la pareja protagonista logra comunicar el amor en las felaciones, la fruición en la penetración, pero no, el sexo de Love carece de la obscenidad a la que el porno aspira, por más que su cartel juegue al márketing de la provocación y, con ello, al equívoco. Noé transita, durante todo el metraje, por una estrecha senda que separa los dos lados del precipicio. A veces se mantiene sobre suelo firme con pulso constante, a ratos se cae del lado de la sinceridad sin tapujos y a ratos resbala hacia el abismo de la pose de veracidad. El conjunto es poderoso, irregular, profundo y vacuo al mismo tiempo, estéticamente arrasador pero también sometido al propio poder de su estética deslumbrante. Film extenuante, pero como extenuados se encuentran sus personajes ante la pelea contra el desamor, repetitivo, aunque igual que la espiral de drogas y polvos que atrapa a los seres que habitan este mundo. Sus defectos son sus virtudes, y viceversa. Para el poso, para la memoria, quedan sus atmósferas y luces coloristas que nos hacen viajar del cielo al infierno; una puesta en escena que trabaja con gran estilo sobre la simetría y las ausencias; una ecléctica banda sonora vibrante de principio a fin.

Gaspar Noé, el director de todo este cotarro, se hizo famoso con Irreversible en 2002. Recuperando la pregunta que nos hacíamos al principio, Noé es un director con señas de identidad muy asociadas a lo masculino, y precisamente su mirada sobre la mujer, abre la puerta a considerar la intención de la mirada en su cine.

Retrocedamos a la violación de Monica Belluci en el túnel de Irreversible. La escena, violenta y dura, obligaba al espectador a mirar en plano fijo durante diez minutos el forcejeo sexual, sin escapatoria posible. Vocación, aparentemente, realista y opresiva sobre el tema, aunque, su sadismo hacia el espectador, le hacía a éste cuestionarse el porqué de la propuesta. ¿Era la brutalidad de la escena un coherente y comprometido punto de vista sobre la violación de una mujer, indispensable para contar con verdad el suceso? ¿O palpitaba, tal vez, subterráneo e inconfeso, un goce secreto por ver el cuerpo de una estrella de cine, la Bellucci, penetrado y dominado? Por lo menos el márketing, supo hacer buen uso de lo segundo.

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Volvamos ahora a Love, en la que también hay algo de creador masculino dirigiendo las acciones de los personajes femeninos según los designios de su personaje masculino, que es, cerrando el círculo, el álter ego del director. Quizás por eso todas, o casi todas, las actrices que aparecen son, no solo atractivas, sino que lucen cuerpos de modelo, igual que el de él, todo hay que decirlo. Quizás también por ello el trío sexual acontece con pasmosa facilidad y en él las mujeres se muestran pasivas mientras él se muestra implicado y activo. Y quizás por ello parece que el director se ha fascinado tanto por lo exterior de sus actrices que nos muestra las fotos de Elektra como una sesión de postureo con “actitud”, antes que como un tierno recuerdo de la pareja.

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Sion Sono, en Tag, busca en cambio una crítica hacia el uso del cuerpo y de la personalidad de la mujer como productos para el entretenimiento masculino. Sin desvelar el argumento, diremos que Tag es un juego de matrioskas de ficciones y futuras realidades repleto de delirios, humor y cuerpos mutilados. Si bien la propuesta es interesante, el desarrollo fílmico es algo atropellado, y nunca mejor dicho en este caso. Algunas escenas están muy elaboradas y otras en cambio, parecen salir de la nada. La tesis de la película es clara y poderosa -la protagonista llega a decir “¡no nos tratéis como juguetes!”-, pero no se llega a ella desde lo emocional, sino externamente, desde la construcción. Sono es coherente con su historia y su personajes, alumnas de instituto japonesas, que no son presentadas como pornocolegialas diseñadas para el placer erótico visual. Son chicas ajenas a la seducción, volcadas en sus conflictos, poseedoras de su identidad y de su piel.

No olvidemos que algo tan sencillo como eso no ha sido tarea fácil a través de los siglos. Bipolarizadas las representaciones femeninas en los roles de madre (María) o puta (Magdalena), santas o guarras, su lugar en la imagen hoy ¿les perteneces o les es otorgado, todavía, en uno u otro grado?

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Crónica #1, Sitges 2015. PULSIONES ANTIGUAS, FESTIVALES CONTEMPORÁNEOS

CRÓNICA #1 FESTIVAL DE SITGES 2015:
PULSIONES ANTIGUAS, FESTIVALES CONTEMPORÁNEOS

Al salir de la proyección de la película inaugural del Festival de Sitges 2015, The witch (La Bruja, Robert Eggers), ambientada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, he imaginado un escenario alternativo para el pequeño pueblo de Sitges…

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Sitges, siglo XVII. Los habitantes del pueblo, vestidos con sus camisolas blancas y sus faldas largas, remontan la escalera junto al mar que sube hacia la -hoy- icónica iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla, edificada precisamente en alguna década de 1600.

Reunidos en comunidad, se dirigen hacia un lugar en donde el linternista, aquél que manejaba la precinematográfica linterna mágica inventada precisamente en el siglo XVII, ofrece un espectáculo de linterna, en el que podrán contemplarse las glamourosas vistas de ciudades y palacios, así como estampas de lugares remotos, con sus habitantes extraños (africanos, asiáticos, indígenas…).

La voz del linternista, que envuelve en historias los rostros y paisajes de las placas de vidrio pintadas a mano que se proyectan sobre una tela, da forma a una pulsión que él no ha inventado: la pulsión de mirar, de mirarnos, a través de representaciones creadas por nosotros mismos. Participar, pues, de un mundo simbólico en el que comprender, un poco mejor, la naturaleza de lo humano, sea de aquello que nos es conocido, como de lo que nos es desconocido, extraño, temido.

Sitges, siglo XXI. El pequeño pueblo de Sitges asiste a la congregación de una comunidad diferente: no son los lugareños, solamente, los que se entregan al espectáculo cinematográfico, sino habitantes venidos de capitales y provincias de todo el mundo, que establecen, casi sin quererlo, una comunidad invisible, movida por la misma pulsión antigua que la de aquellos hombres y mujeres del siglo XVII.

Linternistas, esto es, creadores de imágenes, narradores de historias, buscadores de símbolos, investigadores de lo extraño, hay muchos, y muy diversos entre ellos. También les mueve otra pulsión arcaica, la de construir una mirada en imágenes y un discurso con ella.

Y lo más importante: el encuentro de los unos con los otros, espectadores con cineastas, aquí, en Sitges, y ahora, sigue perfilándose como un encuentro vivo en un festival que busca construir su propio discurso contemporáneo sobre el cine fantástico, alejado de pomposos encuentros “culturales” burocráticos, festivales desapasionados y territorios sin rumbo ni criterio, pero con dinero.

Hoy se ha inaugurado la 48 edición del Festival y, The witch, esa película que me ha hecho evocar un Sitges lejano, y que venía precedida de su éxito en Sundance, ha abierto las puertas con una sobriedad formal depurada, construyendo personajes desde el compromiso con su realidad, su habla y sus emociones, trabajando -algo no siempre habitual en el fantástico de posesiones y brujería- desde el silencio en las imágenes para tejer un lienzo sobre las ausencias y, lo que es peor, las presencias frías, cortantes. La historia de esta familia que se ve disgregada por la cercanía de lo maligno, establece un interesante juego de dominaciones y desconfianzas en el seno de lo conocido -lo familiar- que pelea por mantener un tono justo en su relato, únicamente desvirtuado en algunos momentos por una música innecesariamente cargada y un final levantado hacia un ruido que no ha caracterizado el desarrollo del film.

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Como decía, los linternistas, es decir, los cineastas, son muy variados entre ellos. Solo así se explica que tras la proyección de The witch, haya venido la de Absolutely Anything (Absolutamente Todo, Terry Jones), protagonizada por el grandísimo cómico Simon Pegg, y amenizada con las voces de los integrantes de los Monty Python y del fallecido Robin Williams.

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Al contrario que en The witch, aquí uno se atrevería a decir que la imagen importa más o menos un pepino, que la realización podría ser la de una Tv Movie cualquiera, y (o pero) que todo eso forma parte de otra manera de hacer cine: un cine de personaje, gag e ingenio lingüístico, tan falto de autocensuras y, en cambio, tan nutrido de espíritu juvenil, naíf y gamberro, que constituye un fabuloso desengrasante -además de una hora y media de risa con buqué ochentero- para tanto terror, metaterror y hectosuspense (disculpen los neologismos) como nos espera los próximos días en el pequeño pueblecito de Sitges.