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Crónica IV desde el Festival de Sitges 2014. La fantástica comedia.

El miedo y la risa son dos emociones que podríamos definir como antagónicas, de hecho, la una desactiva frecuentemente a la otra: al reírnos dejamos de pasar miedo y, al pasar miedo, dejamos de reírnos.

En el Festival de Sitges, se dan cita el miedo y la risa juntos y revueltos, en lo que podemos llamar comedias fantásticas o del horror. El diálogo entre ambas emociones genera no solo choques y desactivaciones, también alianzas secretas que componen un interesante escenario lleno de variables, y que no procede solamente de la intención de las películas programadas, proviene también de un público fan educado en el divertimento con lo malsano, la sangre y las cicatrices que, en forma de comunidad, reinterpreta escenas a priori dramáticas en clave cómica.

Las líneas que separan la diversión por el delirio, la celebración de lo no normativo y la frivolización de la violencia es delgada, pero ese no es el asunto de esta crónica. Hoy hablamos de como la alucinada naturaleza de la mente humana, que transforma la realidad a su antojo, es abordada desde diferentes conceptos y expresiones de la risa, la sonrisa y hasta la mueca interior.

Realité

Realité

¿Alguien puede imaginar un eccema mental? Dese ahora es posible, solo hay que ver la última película de Quentin Dupieux, Realité, una comedia que sigue y desdobla los pasos marcados en su debut, Rubber, y posterior filmografía, con una historia metafílmica de un operador de cámara que quiere hacer una película para la que deberá encontrar el grito perfecto. A partir de ahí, la trama comienza a desarrollarse de manera laberíntica, progresivamente ininteligible y finalmente, delirante y abstracta. Podría ser una joya del absurdo fílmico-existencial, si no fuera porque opera sin el ingenio necesario ni el alucine esperado. En realidad, la película lanza imágenes bien fotografiadas y situaciones graciosas, pero la falta de arraigo y sentido, por lo menos conceptual, del conjunto, neutraliza un influjo cómico -y no cómico- verdadero. Dicho de otro manera, Realité lo cuenta todo, o lo que es lo mismo, no cuenta nada, porque casi cualquier interpretación es válida. Pero aún aceptando esa idea (extraña comulgación), y el film como ovni polisémico y mero hongo lisérgico, el problema es que lo que queda es la suma de unos gags que no van más allá, ni más acá. La idea de juego y diálogo se pierden en la autosatisfacción abrillantada, mientras la música de Philip Glass por banda sonora, martillea impenitentemente al espectador. Es más, se diría que es la intención abierta de Dupieux, colocar la percepción sensorial y la asociación cerebral contra las cuerdas, causando ese, repetido en el film, eccema mental, que solo recuerdo haber experimentado en otra ocasión: el día que vi Film Socialisme de Jean-Luc Godard.

R100

R100

Dejando eccemas a un lado, R100 (Hitoshi Matsumoto) comparte la idea de experimento fílmico pasado de vueltas con Realité, pero estamos ante un pastiche paródico que homenajea, desde el drama familiar, los films de ninjas, el documental de testimonios o el subgénero bondage. La historia de este padre de familia que contrata los servicios de una agencia que ofrece agresivas dominatrices para experiencias intensas, es desconcertante, desprejuiciada, autocrítica y muy divertida, además de ajena a pretensiones. Pone en escena una representación visual del placer masoquista que deja atónito hasta al más avezado en comedias freaks provenientes de Japón. Su falta de miedo al ridículo, le permite conseguir un inenarrable clímax, por supuesto coherente con la evolución delirante del film.

Wetlands

Wetlands

El sexo también está en el centro de otra comedia, ésta alemana, juvenil, de aspiración punk y pleitesía a la guarrería visual. Wetlands, dirigda por David Wnendt, adapta la novela de Charlotte Roche en la que la dieciochoañera Helen nos introduce en su mundo de fluidos orgánicos, antihigiene sexual y depilación anal, la cual le causará una fisura que, agravada por sus hemorroides, la llevará al hospital, donde conocerá a un guapo y comprensivo enfermero. Todavía hoy, hablar de los gustos sexuales, prácticas e intimidades de la mujer abiertamente y sin censuras, y además alegremente, es mucho menos habitual que hacerlo de las de los hombres, es más, se considera poco femenino. En ese sentido, Wetlands sí funciona un poco como punto y a parte, como material inesperado y volcánico, por lo menos en cuanto al arsenal que trae consigo de escenas asquerosas y provocaciones orales, con gran aprecio por el detalle y las texturas. Pero todo ese impulso liberador no encuentra su equivalente en lo dramático, que se construye como una comedia romántica que no busca pervertir emocionalmente el género, solo darle la vuelta: aquí chica conoce chico, chica se muestra cada vez más psicopática, pero chico tiene buen corazón y aguanta carros y carretas. Sabor a fluido reseco con envoltorio de orgasmada revolución trash.

Los jóvenes de Tusk, lo último de Kevin Smith, también van a aproximarse a territorios húmedos, pero muy diferentes (y hasta aquí podemos leer). El frívolo podcaster Wallace Bryton, conocerá a un viejo aventurero, cuya antigua relación con una morsa que le salvó la vida, marcará la suerte de Wallace. Smith insiste también en Tusk en colocar en pantalla a sus jerks junto a bellísimas mujeres que les aman por razones enigmáticas dentro del film, y que parecen más bien poderosas razones relacionadas con colocar chicas guapas en pantalla, que den color al conjunto y calor a los fans. Pero dejando de lado ese asunto, Tusk se erige como la comedia con el humor más incómodo, e incluso amargo, vista en Sitges en esta edición. En el mismo momento que surge la risa, el ceño se frunce, no sabiendo como espectadores si es terroríficamente divertido lo que estamos viendo o terriblemente trágico. Smith nos presenta a un personaje que se burla de las desgracias ajenas sin ningún tipo de culpabilidad para, a continuación, colocar al personaje en (delirantes) apuros y también al espectador, cuya decisión de reír o no reír, depende en cada momento de cuan legítimo considera carcajearse del sufrimiento de Wallace. El humor como aliado y el humor como enemigo de uno mismo. Historia de castigo y aprendizaje, Tusk no destaca por el trazo fino ni de sus ideas, ni de sus emociones ni de su puesta en escena, pero en su macabra brutalidad y alocada rotundidad, consigue secuestrarnos en nuestro desconcierto y plantear algunas cuestiones interesantes sobre cómo la identidad puede recuperarse a través del dolor, y cómo podemos ser más nosotros que nunca, cuando, aparentemente, ni siquiera lo somos…

The Voices

The Voices

En The Voices, de Marjane Satrapi (conocida por Persépolis y Pollo con ciruelas), un psicópata conversa con su gato y con su perro acerca de sus instintos homicidas. Ryan Reynolds incardina tan bien a ese tipo desgraciado, solo en la vida y naif, que su furia nos da más pena que rabia. Es también Reynolds quien pone voz a su particular ángel y diablo, esos animales domésticos que sustentan en gran medida la dimensión de comedia negra del film y que le sacan punta a un proceso de enloquecimiento real en la película, que más ampliamente puede leerse como una realidad metafórica presente en todo ser humano: las voces interiores que nos impelen a seguir al instinto o a la razón, encaminarnos hacia el Bien o hacia el Mal. El humor impone una distancia analítica que beneficia a la historia, que visualmente se desarrolla mediante imágenes bipolares: unas que presentan el mundo sin filtros y otras que reconvierten los escenarios en coloridas estampas propias de un aséptico anuncio de televisión. La realidad como construcción mental absoluta.

Maps to the stars

Maps to the stars

Y para terminar, Maps to the stars (David Cronemberg), ¿comedia? hipertrófica -o hiperrealista, según se mire- sobre Hollywood como epítome de una sociedad enferma por los efectos de la vanidad, la fama, y las nociones alteradas de éxito y poder. También aquí la enfermedad mental está en el centro del relato, como es habitual en Cronemberg, pero son la crueldad y violencia de los socialmente cuerdos, la mayor fuente de toxicidad y violencia. Con ecos de su film Inseparables y rastros de su habitual exteriorización del dolor interior como deformidad exterior, Cronemberg ha filmado una película tan incisiva como serena, desgarrada sin rasgarse las vestiduras, elegante a través de lo vulgar, lo grotesco y descorazonadora mediante personajes que están olvidando su humanidad. Una lección de cómo hacer una película sin que nada sobre ni nada falte, contando además con un elenco, que encabezado por Julianne Moore, exorciza las neurosis de la realidad extracinematográfica que habita.