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Crónica #5 Sitges 2015. FESTIVAL CONCLUIDO, IMÁGENES PERSISTENTES.

La acción, el evento, el festival de cine, en este caso, acontece durante un breve periodo de tiempo. Pero su significado, las imágenes aquí vistas durante diez días de intenso cine y el tejido cinematográfico que conforman entre ellas, persiste mucho más tiempo que el de la estricta duración del festival. Al fin y al cabo, de esto se trataba, de hallar algo inmaterial y duradero entre colas, entradas, pantallas y códecs de vídeo.

Un buen ejemplo de ello es Evolution (Lucile Hadzihalilovic), la película de clausura de la sección Nuevas Visiones, la historia de un grupo de niños cuidado por un grupo de mujeres en una isla remota, en la que los pequeños están sometidos a unos extraños tratamientos médicos, aunque Nicolas, el protagonista, no tardará en darse cuenta de que algo no encaja en este mundo cerrado y bien controlado por adultos.

EVOLUTION-1 (1)

El film de Hadzihalilovic no lo recordaremos por la elaborada metáfora visual de una tesis de calado. De hecho, la directora renuncia a explicar la mayoría de cuestiones antropológicas concernientes a la trama y toma el lugar del que abre puertas, dejando los caminos a elección del espectador. Puede que, si el título no hubiera sido, precisamente, Evolution, muchas de estas preguntas, hubieran quedado fuera de lugar tomando el mundo que nos presenta como es.

Sin embargo, el trabajo de Lucile Hadzihalilovic despunta por la creación poética de un universo que hunde sus imágenes en las aguas profundas de los temores difusos relativos al cuerpo y a la identidad, asociada a la transformación de ese cuerpo. La hipótesis del embarazo masculino construye un drama de hombres vulnerables y mujeres despojadas de su emotividad. Es una historia de pérdidas, pérdidas de roles y de lugares vitales, ésos que dejamos atrás cuando transitamos de la niñez a la adolescencia. Pérdidas narradas a través de una severa austeridad en la puesta en escena, que deja fuera lo innecesario, para crear una sequedad de montaje, de acción y de dirección artística que alimentan el clima de extrañeza y crueldad reinante en la isla. El trabajo de los colores es también portentoso, con una depurada elección de violáceos, azulados o verdosos, que contrastan con el rojo de la camiseta del protagonista Nicolas, el único que parece realmente vivo entre estos seres hieráticos o alienados. El resultado, que remite en ciertos momentos -por sus escenarios vacíos y sus niños ajenos a su verdadera condición de niños- a ¿Quién puede matar a un niño? de Narciso Ibáñez Serrador, es una película única, de un poder visual incontestable, tan delicada como perturbadora, cuyas imágenes, más allá de su contundencia como conjunto, pervivirán en nuestra memoria por su significado propio, su onirismo salvaje y la sensación de que una imagen no es aquí una imagen, sino una entidad más gruesa y anclada, con tentáculos de pulpo, a las poderosas fuerzas del sexo o el terror, que mueven al ser humano desde sus orígenes y en su evolutivo futuro.

The assassin (1)

Si el film de Hadzihalilovic prioriza la forma sobre el contenido, en lo de último de Hou Hsiao-hien, The assassin, la forma podría decirse que es todo y al mismo tiempo, lo único. Personajes hieráticos cuyos conflictos son más fáciles de entender leyendo la sinopsis, tramas elípticas de comprensión más que dificultosa, y un refinamiento tan exquisito y delicado que la película se comporta como una joya de la realeza encerrada en una vitrina bajo llave. Es preciosa, pero le falta la vida del brazo que la luce. El cine de Hou Hsiao-hien siempre ha arriesgado, pero su Millenium mambo o su Tiempos de amor, juventud y libertad, construían un cine de, sí, elipsis, contención emocional y narrativa de vericuetos, pero en un grado incapaz de devorar su propia construcción. Tras años sin presentar una película, Hsiao-hien vuelve con un wuxia -nombre tradicional otorgado al género de artes marciales-, cuya vocación es reformular el género, dejando de lado las expectativas del espectador al respecto, para centrarse en una propuesta de autor. Si en Evolution las imágenes eran coyunturas de pulsiones, ideas y lugares, en The assassin las imágenes no palpitan desde esas complejas alianzas y oscuras profundidades. Aquí las representaciones son etéreas, nebulosas, frágiles. Su misterio parece residir más en su superficie que en el poso de su rastro, aunque me pregunto qué lugar adquirirán en el recuerdo –perdiéndose para siempre en la niebla o ganando un poder inesperado- una vez desaparecida la experiencia inmediata de la sala de cine.

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Sería injusto marcharnos de este Sitges 2015 sin comentar Last days in the desert, de Rodrigo García, la última película del hijo de Gabriel García Márquez, quien ha venido construyendo una trayectoria fílmica (suyas son Nueve vidas, Madres e hijas o la serie In treatment), en la que ha mostrado un profundo conocimiento de la psique humana y un gran compromiso con las emociones de sus personajes, situándose siempre al mismo nivel de sus soledades, esperanzas y miedos. Last days in the desert rompe, en cierta manera, con el mundo realista y cotidiano en el que sus historias se ubicaban hasta el momento, y presenta, ni más ni menos que el final de los cuarenta días de Cristo (Ewan McGregor) en el desierto, antes de su crucifixión en Jerusalén. El proceso de limpieza interior del personaje, que se refleja claramente en su ayuno, encuentra también su equivalencia en imágenes, depuradas, reducidas a la composición de personaje y fondo y apenas un par de escenarios creados por el hombre. La fotografía combina el plano general donde la aridez del paisaje contrasta con su inmensidad, con los planos cortos en donde los rostros se perfilan contra un cielo magnificente que no funciona, sin embargo, como presencia simbólica del Cielo, con mayúscula, ya que aquí se narra la historia del Cristo hombre. Rodrigo García elige, como en su cine anterior, colocarse al nivel de su personaje, del personaje histórico, y tanto es así que desdobla al Cristo sobrenatural en otro personaje, el ángel y el demonio, de cuyos diálogos nacen los debates internos del Cristo hombre. Es lo inesperado de su actitud lo que más sorprende de la película. Lejos de la figura idolatrada como seductor de multitudes, de personalidad atractiva y fuerte, el Cristo de la película no arenga a ninguno de los personajes con quien cruza su camino: escucha, pregunta, ayuda y crea con su actitud atenta pero equidistante de todos y cada uno, la posibilidad de que aquéllos que padecen los conflictos los resuelvan por sí mismos, le guste o le disguste a él la solución. Last days in the desert va creciendo a medida que avanza, utiliza pocas palabras para comunicar muchas cosas y remata la apuesta con una inesperada conexión con el hombre contemporáneo. Capacidad de reflexión, de conexión con la naturaleza, con los demás y con uno mismo. ¿Cuánto de eso hay en nuestras vidas hoy? La espiritualidad, parece ser, trataba de eso, en origen.

Como todos los años, algunas evocadoras, furtivas e inclasificables películas se nos quedan en el tintero. Gajes de la programación a lo grande de Sitges. Aquí cribamos lo que nos resultó más relevante, en una edición irregular pero llena de imágenes para la memoria.

Crónica II Festival de Sitges. Eclecticismo fantástico: de Lo imposible a Mi loco Erasmus

Uno de los logros del Festival de Sitges a lo largo de los años es haber convertido un festival asociado principalmente al cine de terror, en una plataforma del cine fantástico en toda su extensión, incluso más allá de su propio territorio. A día de hoy, la programación de Sitges abarca, además del terror con sus diversos subgéneros, la ciencia ficción, cierto sector del cine autoral y, últimamente, también el documental, el falso documental y otras propuestas que muy bien podríamos encontrar en otro tipo de festivales de no ficción. Sitges las acoge en el área de sus difusas fronteras, proponiendo aportes a la noción contemporánea del fantástico en ocasiones significativos, en ocasiones rocambolescos, e incluso, deslizándose más allá de su propio marco para dialogar con el más amplio de la propia historia del cine.

Todo ello se explica mejor si analizamos las películas que esta colaboradora ha podido ver en los últimos días: la tan esperada Lo Imposible (J. A. Bayona), la aún desconocida y bizarra Mi loco Erasmus (Carlo Padial) o la documental Method to the Madness of Jerry Lewis (Gregg Barson), además de Robot & Frank  (Jake Schreier) y 10+10 (varios autores), entre otras. Programadas en la Sección Oficial, Nuevas Visiones y 7 Chances, las obras abarcan el espectro que va de lo mainstream a lo formalmente inconformista, pasando por lo casi amateur.

Imagen de Lo Imposible

Lo Imposible, la película que J. A. Bayona firma cinco años después de El Orfanato (2007), llegaba a la sala del Auditorio Melià elevada por la efervescencia de los espectadores y escrutada por el ojo de la crítica, que recuerda cómo El Orfanato reventó la taquilla española en su estreno. Pues bien, es muy posible que Lo Imposible vuelva a hacerlo, dentro y fuera de nuestras fronteras, pues se trata de un film diseñado para emocionar, desarmar, eclipsar y finalmente arrasar al espectador con su mezcla de crudeza sensorial y sensiblería musical, con su factura deslumbrante y su escaso pudor sentimental, con su efectismo de alto voltaje amparado en una historia real, que si bien parece ser que es fiel a la historia original, ha sido reconstruida, remirada y finalmente representada por un director que convierte esas vivencias concretas de lucha, dolor y humanidad, en un garnito más de la vasta arena del mito del héroe americano –a pesar de que la familia real es española-. Una oportunidad perdida para hacer una película iluminadora sobre un acontecimiento verdaderamente terrorífico: el tsunami de 2004 en el océano Índico. Realidad que, como la de tantos otros acontecimientos dramáticos contemporáneos, conocemos y construimos a través de las imágenes y los relatos que los medios nos hacen llegar, y que sucumben a una puesta en escena epatante pero distanciada y lo más inquietante, extrañamente clónica a sucesos anteriores de calibre trágico. Así, los espectadores oirán cientos de veces las cifras de muertos, verán como en un loop incesante la ola –en este caso- arrasando las costas de Indonesia y atenderán a testimonios relevantes de la catástrofe, sin que ello supere la atención de los cinco minutos del telediario, los veinte del periódico o el errático tiempo de la búsqueda desmembrada en internet, en la mayoría de los casos. Ver una película sobre el tsunami, aunque se trate de Lo Imposible, supone una inmersión cualitativamente distinta, una observación desde dentro que redimensiona la tragedia a través de lo más pequeño e interior, de lo humano y emocional. Resulta necesario volver a ver para poder mirar y comprender, y por ello Lo Imposible apuntaba en la dirección correcta, aunque su arma fílmica está cargada con la munición equivocada, que dispara primero al estómago, sin preguntar y de repente, y se olvida del corazón más sutil de quienes miran, de su mente más preparada para recibir la verdad –alguna de ellas- de forma igualmente contundente pero más compleja.

Dejando atrás Lo Imposible, e intentando no utilizar la palabra tsunami para otras metáforas fílmicas en este artículo, vale la pena abordar una obra situada en las antípodas de esta película: Mi loco Erasmus. Con la voluntad de construirla “no como una película sino como otra cosa distinta, nueva”, según su equipo, Mi loco Erasmus es una ficción de apariencia documental sobre el proceso creativo y sobre una generación de cineastas en donde el “yo me lo guiso, yo me lo como” causa la prolongación in eternis de ciertos proyectos, en medio de un magma de inspiración, fe y autoengaño. El ligero poso pretencioso de la película queda decentemente neutralizado por un humor bizarro de ascendente absurdo y posmoderno, que convierte el film en un híbrido entre el delirio freak y la exposición –real o aparentemente- desesperada. Nada nuevo, eso sí, pero aderezado con algunos ingredientes poco saboreados que provocan una nueva vuelta de tuerca en el falso documental o en el documental dentro del documental…

Imagen de Mi Loco Erasmus

Otro documental exhibido en la sección Nuevas Visiones, ha sido Method to Madness of Jerry Lewis, un confeso homenaje a este rey de la comedia en principio alejado del fantástico pero no del delirio, el desconcierto y la locura que caracterizan varias de las producciones que anualmente degustamos en Sitges. Actor y director, Jerry Lewis ejemplifica el carisma que es necesario para dedicarse al entertainment en Hollywood, mientras que el film ahonda en su sensibilidad y su legado, entrevistando a grandes figuras del cine y la comedia americana contemporánea, eso sí, sin atisbo de crítica: este film lo firma un devoto.

7 Chances, la sección que programa siete títulos elegidos por diversos críticos reconocidos, nos proponía en esta edición 10 + 10, una película de veinte cortos de cinco minutos cada uno, filmados por, según reza el reclamo, los veinte directores taiwaneses más representativos del momento, incluído Hou Hsiao-hien. Los cortos abarcan formalmente diversos géneros, estilos y técnicas pero sólo cinco o seis de ellos demuestran una calidad relevante para tenerlos en cuenta. El resto, muchos de ellos bastante pobres en argumento y puesta en escena, lo que hacen es recordarnos aquello verdaderamente difícil, y que tan bien demuestra Hou Hsiao-hien en su trabajo: la dificultad de hacerlo fácil, de filmar con sencillez y buen gusto.

Cierra esta crónica Robot & Frank, película de Sección Oficial que aúna ciencia ficción, drama con protagonista mayor e historia de ladrones. La combinación es moderada y de buen sabor, aunque se queda lejos de despuntar dentro de su territorio. Supone, eso sí, una aproximación a la vejez, el Alzheimer y la soledad de los mayores en un género poco utilizado para ello, que le proporciona cierto aire visionario, mientras que el humor sarcástico y amable que maneja –perfectamente capturado por Frank Langella, su magnífico actor- intentan distanciarla de films “maravillosistas” sobre la vejez, edad que parece atrapada fílmicamente entre comedias, dramas y tragedias con abuelos graciosos o cascarrabias, que parecen querernos hacer más digerible la desnudez emocional del último tramo de la vida, tan oscuro para muchos ancianos hoy.