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Lifeforce minuto a minuto

Hace tiempo, Jorge, del blog Fuerza vital, me invitó a participar en el libro Lifeforce, minuto a minuto. La propuesta era la siguiente:

“LIFEFORCE es una película de 116 minutos.
Por lo tanto, habrá 116 colaboradores.
Cada colaborador hará la crítica de un solo minuto de la película.
A cada colaborador se le asignará por sorteo un minuto.
Cada colaborador recibirá en su e-mail el corte de su minuto en formato .avi
La critica debe centrarse exclusivamente en esas imágenes recibidas.”

Recibí mi minuto, que era mi película entera de cara a formular mi texto, que luego se incluyó junto a otros 115 textos en la edición impresa y autoeditada por Lifeforce junto a, por cierto, un magnífico prólogo de Jesús Palacios sobre la película.

Este es el texto que escribí.

El trozo, palabra asociada, entre otros ámbitos, al de la carnicería, se presta con facilidad a las sinécdoques cotidianas. Es raro decir que nos hemos comido un trozo de ternera, más bien empleamos la expresión: “la ternera estaba deliciosa”, como si nos hubiéramos comido al animal entero. Pues bien, de trozos y de todo lo contrario, trata este asunto. Porque no es casualidad aquí el desmembramiento, la mutilación como regocijo, la carne que se rompe y se separa, dejando pedazos que, por sí mismos, todavía contienen vida. Operación de fractura y ensamblaje que recuerda, sospechosamente, a los cimientos del montaje cinematográfico, donde la construcción del todo, no está reñida con el significado de las partes.

Y es aquí donde, misteriosamente, comienza este análisis, justo en el momento en el que el rostro del protagonista se intercala con la imagen de la mujer muerta, esa Mathilda May que revive al son de la llamada telepática con la que reclama a Carlsen, el (breve) héroe de esta historia. Carlsen, ese hombre del coche que mira al frente con expresión indescifrable y que repentinamente nos hace pensar, con su gesto neutro y austero, en el viejo experimento conocido como “El Efecto Kuleshov”, que exponía el poder del montaje para resignificar una imagen, un rostro, en función de las imágenes limítrofes con ésta.

¿Está Carlsen poseído por la muerta viviente o es todavía capaz de resistir a sus influjos? No nos interesa aquí demasiado la trama, ya que resulta, en esta aproximación, mucho menos importante que sus elementos. Que sus trozos. Trozos, partes, pedazos, residuos, secciones que ya se precipitan en la pantalla. Justo en el ecuador del film acontece una imagen reveladora, una imagen significativa: un brazo blanquecino y ensangrentado, de propietario desconocido pero previsiblemente poco amigable, entra por la ventanilla del coche y ataca a Carlsen. Pero la cuestión no acaba ahí. Tras un plano general donde el héroe, a golpe de música aventurera logra huir de la manada de zombis que lo cerca, vemos que Carlsen se ha quedado con el brazo del zombi en la mano. Y el brazo, arrancado ya de su dueño, se sigue moviendo para atacarle.

El desmembramiento del cuerpo humano y la mutilación del mismo han constituido y constituyen un tabú de hondo calado que, entre muchas otras cosas, tiene que ver con aquello que reconocemos como igual o como diferente, como completo o como incompleto. El brazo del zombi, la parte por el todo, es un elocuente signo de la deshumanización de ese cuerpo. Como si de un animal rabioso e independiente se tratara. Como si después de muerta la persona, la carne estuviera más viva que nunca, dispensada de sus obligaciones con la razón y sometida a los impulsos más bajos e inmediatos.

Pero no llamemos a nadie a engaño. Pareciera que estamos hablando de un siniestro film de terror, y sin embargo, la imagen de Carlsen tirando el brazo que aún se mueve al asiento trasero con cara de asco contiene, a todas luces, sentido del humor. Guiño al espectador afín y al que, consciente del género, no quiere tomarse demasiado en serio este asunto. Más bien: espectadores cuyo disfrute se desplaza del miedo al regocijo, del terror a la fruición por la parte, la víscera y la sangre. El desmembramiento como sadismo lúdico, la risa o la sonrisa como estrategia de diálogo entre espectador y autor, como puesta en común de referencias.

Hecho este paréntesis sobre los vericuetos del género, volvamos a la calle, a las calles de Carlsen donde ahora el clima apocalíptico alcanza su apogeo y la ciudad toma el aspecto de una gran carnicería podrida. Un secundario aparece fugazmente con intenciones desconocidas, pero no entorpece el camino de Carlsen hacia la visión de una imagen antagónica: la de la unificación. Es la imagen del ancho flujo azul que emana continuo y seguro de un edificio que recuerda a una catedral o a un parlamento. A juzgar por ese rayo que emite hacia las calles de la ciudad, que regresa de nuevo al caudal, se diría que se nutre de las fragmentaciones que allí acontecen. Energía para un propósito sagrado, misterioso y terrorífico, así lo puntúa la música. ¿Acaso la vida que se alimenta de la muerte? ¿Acaso el todo, que se vuelve independiente de las partes, separando los cuerpos, robando sus flujos?

Ya hemos dicho que la trama nos resulta aquí irrelevante. Hemos centrado nuestra atención en el juego de estrategias que, añadimos ahora, lejos de lo consciente, ponen en escena las relaciones entre los polos opuestos de las dualidades. ¿Y qué significan estas estrategias? La respuesta es arriesgada y merecedora de un estudio más detallado, que, como ya se ha hecho desde muchos lugares, haga una lectura del terror, los zombis y los desmembramientos a la luz de geografías sociales y políticas.

Demasiada empresa para esta breve historia. Aquí nos quedamos con algo más enjuto y concreto, que nos devuelve al inicio de este artículo con “El Efecto Kuleshov” y las técnicas del montaje cinematográfico. Hemos asistido a los esplendores y a los estertores del trozo, a la unificación como imagen de un totalitarismo misterioso y amenazador. ¿Puede algo de todo eso tener que ver con que el montaje, la fotografía, el vestuario e incluso la puesta en escena de la película parezcan diseñadas por un equipo de carniceros, armados con hachas en vez de tijeras, y dispuestos a construir a golpe de cuchillo, una oda al trozo sin parangón?

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