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CINE DE AUTOR FANTÁSTICO EN SITGES 2017

Los universos cinematográficos, igual que las personas que los crean, sufren la tensión de lo clásico vs. la vanguardia. Filmar “un peliculón” apelando a los clásicos desde lo contemporáneo o explorar la puesta en escena, la narrativa y el montaje para trascender, inspiración o trabajo duro mediante, la categoría de película a la de obra artística.

De las películas que compiten en Sección Oficial en el Festival de Sitges, se puede decir que una buen porcentaje invoca al “peliculón”, aunque sea en aspiraciones más que en resultados. Tras otra porción del pastel de entretenimiento salvaje y evisceración compulsiva, queda un pequeño espacio para el cine de autor fantástico que, en otras ediciones, ha dejado lisergias indescriptibles como Holly Motors (Leos Carax) o experiencias vibrantes y desconcertantes como Cemetery of Splendour (Apichatpong Weerasethakul).

Este año, por el momento, cabe destacar entre ese cine A ghost story (David Lowery) y The killing of a sacred deer (Yorgos Lanthimos). Ninguna de las dos se sitúa en una vanguardia real de riesgo categórico, pero ambas caminan por una línea difícil para sus realizadores, que separa lo trascendente de lo ridículo o lo profundo de lo cursi.

Cursi podría haber sido A ghost story con tan solo una pizca más de recreación a lo Terrence Malick en las carantoñas y desavenencias entre Cassey Affleck y Rooney Mara. Pero esta historia sobre la pérdida en el seno de la pareja no teme al tiempo muerto ni al silencio en la imagen, lo que le permite liberarse de la necesidad de encandilar al espectador con el perfume de cine formulario estilo Sundance y supurar, en su lugar, una tristeza de calado alejada de la pose.

La trama gira en torno a la muerte de Affleck en un accidente de coche y su despertar como fantasma de sábana blanca. No estamos en el género de la broma trascendental, por si a alguien le ha venido a la cabeza Finisterrae, de Sergio Caballero, y sus fantasmas deambulatorios. Sí en el drama íntimo que utiliza el humor como contrapeso y que con la elección del fantasma icónico, clásico, pone sobre la mesa su autoconciencia como película reflexiva sobre el género de fantasmas, desde fuera del género. Aquí los fenómenos sobrenaturales transcurren lejos del cine de terror, cerca del vacío nostálgico en el que habita distante ese observador blanco con dos rendijas por ojos. La figura del fantasma se dibuja como símbolo de la necesidad de permanencia tras la muerte, de negación de la desaparición y el olvido, entreverada de la espesura del amor como intangible que sobrevive en los espacios a través del tiempo, atrapando en el limbo a sus fieles.
Quizás ése es el mayor acierto de A ghost story: su voluntad de ir más allá de la historia íntima, hacia la universal —cósmica, en la película—, a través de la narrativa transtemporal que sigue el rastro histórico de la construcción de la casa en un contexto de conflicto violento hasta su reconversión en gélido edificio de grandes oficinas, en donde no hay lugar para las presencias invisibles del misterio.

También el misterio se encuentra en el centro de The killing of a sacred deer. En este caso, es un cirujano y padre de familia (Colin Farrell) y su mujer (Nicole Kidman), quienes tendrán que enfrentarse a un joven que se revela como fuerza del mal puro, cuyo poder está más allá de la lógica científica. Ecos de los personajes perversos y ominpotentes que controlaban hasta la imagen de sus capturados en Funny Games de Michael Haneke, con la culpa (en Haneke burguesa, aquí profesional pero con salpicaduras de clase) como terreno fertilizado para la tragedia.

Clima tóxico, aire entre grandilocuente (grandes angulares por doquier) y analítico (primeros planos incisivos) para imágenes con poso pero sin hondura. Lanthimos está interesado en contar lo peor del ser humano. Y eso es de agradecer. Cuando esa narrativa de la crueldad, la cobardía y el miedo dibujan, como en Bergman, la complejidad de lo humano y no se recrean en su mediocridad de salón.

En Canino, Lanthimos epató con una historia sobre la familia como núcleo del horror, pero ya allí se apuntaba un gusto por la presentación y representación de las situaciones terribles más que por su comprensión.

Es una fina línea la que separa aquello que atraviesa el espíritu de aquello que produce en él una mueca de mero asco o una contracción.

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Crónica #4 Sitges 2015. PELÍCULAS EXTRAÑAS, CINE PODEROSO

El cine que busca, que se busca a sí mismo, capaz de hundirse en la miseria en el empeño, ese cine tangente, transgresor, inclasificable e irredento, raramente estrenado en salas comerciales y frecuentemente infravalorado, ése, es el que puede verse en Nuevas Visiones, Seven Chances, proyecciones especiales y algunas de Sección Oficial del Festival de Sitges, confirmando que sigue habiendo creadores armados de ideas o sobrados de delirios, fieles a su radicalidad.

Empecemos por los “sobrados de delirios”. Sion Sono vs. Takashi Miike, o lo que es lo mismo, Love & Peace contra Yakuza Apocalypse.

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Lo último de Miike es una historia, o una sucesión de escenas, sobre yakuzas vampiros y su lucha contra extraños personajes del inframundo: duendes con pico de ave y manos verdes, o ranas gigantescas con forma de gran muñeco de trapo llamadas Kaeru-kan, descritas como “el mayor terrorista de todos los tiempos”. Lo de Yakuza Apocalypse es un despropósito, uno de esos artefactos incendiarios construidos por Miike que parecen librar la pelea contra el espectador: del caos se pasa a la estupefacción, de ahí a la incredulidad pura y de ahí directamente al k.o por palizón. Miike puede con cualquiera, hace lo que le da la gana, dinamita las reglas que la propia película inicia y nos obsequia con el poderoso influjo de la libertad desbocada, especiada con el indescriptible humor nipón, que incluye una rana aún más grande que Godzilla para el final de fiesta. Imposible explicar una película de Miike, se recomienda verla.

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Sono no se queda corto con su Love & Peace. Según el director explica, escribió el guión hace veinticinco años, y fue, revisando proyectos con su productor, cuando decidieron desempolvarlo y filmarlo. Si ser director de cine puede tener algo de rock, punk o popstar, posiblemente Ryoichi sea el álter ego de Sono, en el film un nerd oficinista que aspira a llegar a lo más alto en el mundo de la música. En su vida de solitario y humillado trabajador, Ryoichi encuentra refugio en una pequeña tortuga a la que llama Pikadon y a la que dedica una canción de amor fraternal. Tras las mofas de sus colegas, Pikadon acaba corriendo por el desagüe del w.c y encontrando refugio en el hogar de las cloacas de un viejo borracho, padre adoptivo de animales y juguetes, a los que concede el poder de la palabra. Los destinos de Ryoichi, convertido en estrella del pop-rock, y Pikadon, pronto tortuga gigante, están no obstante cruzados para siempre. Sion Sono firma un atrevido episodio del kitsch japonés alejado de su humor negro ensangrentado habitual. Desde los trajes estilo lentejuela/tachuela, a las interpretaciones de tebeo y de teleserie romántica del protagonista, pasando por la edulcorada banda sonora popera, todo resulta lejano y desconcertante para un Occidental, pero, o precisamente por todo ello, tiene algo de fascinante. De hecho Sono admite que su cine en Japón no encuentra su público, que sus espectadores los halla fuera de su país. Love & Peace ofrece sus mejores momentos en los episodios de ese universo del titiritero del underground y los personajes que allí se encuentran. Logra contar la historia, unir todas las piezas y construir algunos buenos momentos con una ternura navideña nostálgica y bienhumorada de regusto clásico. Por su parte, Pikadon nos ofrece otra secuencia a lo Godzilla para el remate, pero con el monstruo más lento conocido de la historia del cine.

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Desatados delirios visuales y conceptuales dejan paso a la locura del actor y de sus representaciones en The role. Ambientada en la Siberia de 1919, durante la Guerra civil rusa, The role trabaja sobre la permeabilidad entre el desquiciamiento social y el personal, ése que lleva al actor de éxito Nikolai Yevlakhov a actuar su propia vida, algo que, según su director Konstantín Lopushanski, los escritores simbolistas de la época animaban a hacer. Por ello Yevlakhov decide revivir al despiadado comandante de la Guardia Roja Plotnikov, con quien comparte un parecido físico tan asombroso, que le permite infiltrarse en su entorno directo sin ser reconocido y gozar, como confiesa, del papel de su carrera, con diálogos frescos y espontáneos y una dramaturgia creada por la vida misma. Lopushanski, antiguo colaborador de Tarkovsky, dirige este valioso film inspirado, según cuenta, por la literatura de Dostoyevski y Platónov. No solo nos ofrece una belleza densa y angustiante, reconfortante frente a los dictados de ligereza y consumo fácil que se han apoderado del cine contemporáneo, también Lopushanski escarba en el misterio de un thriller autoral calado de neblinas, en donde el ingenio, del actor y del director, brilla en la oscuridad, como brillan las ganas de hacer un cine comprometido y visceral. Sin alcanzar, tal vez, las cotas de subyugación cinematográfica de su mentor Tarkovsky, The role apunta alto, trabajando no obstante desde el suelo, hundiéndonos en ambientes y decorados de desnuda miseria y escalofrío, arropándonos, a cambio, con una fotografía delicada y evocadora, se diría que novelesca.

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Sin refinamientos estéticos ni depuraciones compositivas de la imagen, realista y quimérica, y como ya es habitual en Apichatpong Weerasethakul, elíptica y despaciosa, se presentaba en Sección Oficial Cemetery of splendour, lo último del director tailandés. La serenidad en la exposición de las vidas de los personajes de cierto cine oriental podría decirse que tiene su cúspide en Weerasethakul, cuyas películas exigen también al espectador una calma portentosa, para observar sin demandar, y un esfuerzo constante, para imaginar, comprender o interpretar. Ofrecen a cambio algo, algo ganado por el propio espectador, un concepto y una emoción extrañas y poderosas. Aunque a veces nada de todo eso sucede, a veces su cine se pierde en el tiempo entre dos planos y no podemos agarrarnos a él, o somos nosotros quien no sabemos encontrar el lenguaje compartido. En 2010, su film Uncle Boonmee who can recall his past lives ganó la Palma de Oro en Cannes. Tras Mekong Hotel regresa con esta historia de soldados afectados por un sueño incesante que duermen en una escuela reconvertida en hospital, donde son cuidados por familiares o voluntarios. Entre esos voluntarios se encuentra Jenjira, que se encarga del soldado Itt. El título en inglés ofrece mejor información sobre la película: Love in Khon Kaen, desvelando la ambigua relación que crece entre ambos personajes. Una de las mejores bazas de la propuesta es la médium que dice conectar el mundo de los espíritus con el real y cómo se produce esa conexión, siempre a través de la palabra. Una palabra que narra y así crea un mundo dentro del mundo. Palabra que, al mismo tiempo, pone en duda la realidad de la visión y la condición misma de realidad de la materia que nos circunda. ¿Invención supersticiosa o verdadero misterio? El director no busca despejar la duda, trata de plantear la pregunta. Integra el fantástico en lo cotidiano hasta lo indivisible y, entre imágenes equívocas y significados velados, nos propone una alucinación colectiva como la del cuento de “El traje nuevo del emperador”, aunque la película no busca engañar a nadie, sino darnos alas para que, también nosotros, podamos contemplar ese cementerio de reyes en lucha que controla las vidas de los vivos, ajenos a la fantástica realidad de la existencia.

Cemetery