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Crónica #1, Sitges 2015. PULSIONES ANTIGUAS, FESTIVALES CONTEMPORÁNEOS

CRÓNICA #1 FESTIVAL DE SITGES 2015:
PULSIONES ANTIGUAS, FESTIVALES CONTEMPORÁNEOS

Al salir de la proyección de la película inaugural del Festival de Sitges 2015, The witch (La Bruja, Robert Eggers), ambientada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, he imaginado un escenario alternativo para el pequeño pueblo de Sitges…

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Sitges, siglo XVII. Los habitantes del pueblo, vestidos con sus camisolas blancas y sus faldas largas, remontan la escalera junto al mar que sube hacia la -hoy- icónica iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla, edificada precisamente en alguna década de 1600.

Reunidos en comunidad, se dirigen hacia un lugar en donde el linternista, aquél que manejaba la precinematográfica linterna mágica inventada precisamente en el siglo XVII, ofrece un espectáculo de linterna, en el que podrán contemplarse las glamourosas vistas de ciudades y palacios, así como estampas de lugares remotos, con sus habitantes extraños (africanos, asiáticos, indígenas…).

La voz del linternista, que envuelve en historias los rostros y paisajes de las placas de vidrio pintadas a mano que se proyectan sobre una tela, da forma a una pulsión que él no ha inventado: la pulsión de mirar, de mirarnos, a través de representaciones creadas por nosotros mismos. Participar, pues, de un mundo simbólico en el que comprender, un poco mejor, la naturaleza de lo humano, sea de aquello que nos es conocido, como de lo que nos es desconocido, extraño, temido.

Sitges, siglo XXI. El pequeño pueblo de Sitges asiste a la congregación de una comunidad diferente: no son los lugareños, solamente, los que se entregan al espectáculo cinematográfico, sino habitantes venidos de capitales y provincias de todo el mundo, que establecen, casi sin quererlo, una comunidad invisible, movida por la misma pulsión antigua que la de aquellos hombres y mujeres del siglo XVII.

Linternistas, esto es, creadores de imágenes, narradores de historias, buscadores de símbolos, investigadores de lo extraño, hay muchos, y muy diversos entre ellos. También les mueve otra pulsión arcaica, la de construir una mirada en imágenes y un discurso con ella.

Y lo más importante: el encuentro de los unos con los otros, espectadores con cineastas, aquí, en Sitges, y ahora, sigue perfilándose como un encuentro vivo en un festival que busca construir su propio discurso contemporáneo sobre el cine fantástico, alejado de pomposos encuentros “culturales” burocráticos, festivales desapasionados y territorios sin rumbo ni criterio, pero con dinero.

Hoy se ha inaugurado la 48 edición del Festival y, The witch, esa película que me ha hecho evocar un Sitges lejano, y que venía precedida de su éxito en Sundance, ha abierto las puertas con una sobriedad formal depurada, construyendo personajes desde el compromiso con su realidad, su habla y sus emociones, trabajando -algo no siempre habitual en el fantástico de posesiones y brujería- desde el silencio en las imágenes para tejer un lienzo sobre las ausencias y, lo que es peor, las presencias frías, cortantes. La historia de esta familia que se ve disgregada por la cercanía de lo maligno, establece un interesante juego de dominaciones y desconfianzas en el seno de lo conocido -lo familiar- que pelea por mantener un tono justo en su relato, únicamente desvirtuado en algunos momentos por una música innecesariamente cargada y un final levantado hacia un ruido que no ha caracterizado el desarrollo del film.

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Como decía, los linternistas, es decir, los cineastas, son muy variados entre ellos. Solo así se explica que tras la proyección de The witch, haya venido la de Absolutely Anything (Absolutamente Todo, Terry Jones), protagonizada por el grandísimo cómico Simon Pegg, y amenizada con las voces de los integrantes de los Monty Python y del fallecido Robin Williams.

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Al contrario que en The witch, aquí uno se atrevería a decir que la imagen importa más o menos un pepino, que la realización podría ser la de una Tv Movie cualquiera, y (o pero) que todo eso forma parte de otra manera de hacer cine: un cine de personaje, gag e ingenio lingüístico, tan falto de autocensuras y, en cambio, tan nutrido de espíritu juvenil, naíf y gamberro, que constituye un fabuloso desengrasante -además de una hora y media de risa con buqué ochentero- para tanto terror, metaterror y hectosuspense (disculpen los neologismos) como nos espera los próximos días en el pequeño pueblecito de Sitges.