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Misterios (no) resueltos…

Parodia que los de El Jueves hicieron del final de Perdidos bajo el título La madre que LOST parió. Digna de compartir.

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LOST: Al fin el final.

Casi ocho meses después de que se emitiera el final de Lost, he visto el episodio que pone punto final a la serie. En todo este tiempo, no sin un esfuerzo considerable, he conseguido evitar spoilers en revistas, televisión, internet, y hasta he conseguido detectar cualquier conversación “peligrosa” en colas de filmotecas y en lugares menos hostiles, a priori, como la cola del supermercado. Y lo he conseguido. No sé cómo, pero he conseguido llegar al final de Lost sin tener la más remota idea de lo que iba a pasar, con la única información de la polémica generada, y conocidos en cada bando: los decepcionados y los conformes.

Yo, para mi propia sorpresa, formo parte del segundo grupo, casi en contra de mis propios principios: me gustó el final de Lost, serie de la que había perdido, por otro lado, toda esperanza de verdad y seriedad. Cada cual tiene su historia con Lost: cada cual debió empezar de una manera y se debió enganchar por distintos motivos, y ha dedicado más o menos tiempo a elucubrar teorías sobre la isla, los números o la iniciativa Dharma. Una vez alguien me dijo, hablando de un tercero, que “había dado mucho a Lost”. Y creo que eso resume bien la condición de los fans: supone una gran entrega de tiempo a través de los años, un esfuerzo constante por completar la información y generar sentido, y una enorme confianza en que al final, todo ello nos llevará a un conocimiento profundo y que la dedicación, será recompensada.

Los constantes huecos de información que Lost fue dejando desde la tercera temporada, la trivialización del debate entre destino y azar (valga como ejemplo la muerte de Mr.Eko) y la escalada de absurdos narrativos que encuentran su apoteosis en la sexta temporada, dejaron claro que Lost iba a ser difícilmente una serie capaz de (re)significar al final todo lo acontecido bajo una luz (ironías) unitaria y reveladora. Quizás por eso -y por carencias técnicas propias en el mundo online que no vienen mucho al caso- me ha llevado tantos meses ver la última temporada, y al hacerlo he experimentado un complejo sentimiento de necrofilia: me he hallado intentando consumar el último acto de amor con lo que me parecía un muerto. Ahora puedo afirmar que la tarea ha sido árdua.

Sin embargo, lo que me ha mantenido ligada a Lost son los personajes. La serie ha sufrido muchos más altibajos en su trama que en la coherencia de sus personajes, que han sido fieles a un único conflicto a lo largo de las temporadas, algo que pocas propuestas consiguen. En cierta manera ellos sí nos han llevado a ese “conocimiento profundo” que esperábamos, a través de un intenso vínculo que se estableció en la primera temporada y que ha seguido madurando. Por ello me parece de lo más sabia la opción de los guionistas de elegir un final de personajes, un punto final de viaje para ellos y para los espectadores en una reunión tan celestial que no hace sino que reforzar la aspereza del verdadero final que acontece en la isla, consiguiendo un más o menos logrado sabor agridulce.

Cualquier tentativa mitológica, término que utilizan Lindelof y Cuse para referirse a las explicaciones de la historia de la isla, hubiera resultado insuficiente y posiblemente deficiente ante la cantidad de traspiés cometidos anteriormente. Por mi parte, me resulta suficiente saber que la isla es ese lugar en donde se guarda una luz que podría regular la homeostasis del mundo (¿?), e incluso que el ritual de paso de los encargados de cuidar la isla se hace con botellín de plástico. De hecho, las preguntas referentes a la naturaleza de la isla las fui aparcando progresivamente a lo largo de las temporadas, posiblemente porque la manipulación se volvió tan flagrante que reveló la ausencia de respuestas en la manga de los creadores, o por lo menos, una forma de presentarlas insatisfactoria, nunca al nivel de lo esperado.

Quizás por ello, por tener las expectativas al nivel del mar y el cansancio de Lost en las cejas, el final me ha sorprendido en positivo. Digamos que este fin de fiesta, como la última temporada al completo, resultaría ridículo si no hubiéramos visto Lost durante seis años: sólo aquí es posible tragarse un final tan lleno de miradas acarameladas, luces de la eternidad y muertos andantes como un clímax emocionante y sincero. Y eso que Desmond Hume quitando el tapón de la piscina de luz bordea un Conan de serie B, y que la périda de los superpoderes de Lock-black smoke es de lo más triste que le ha pasado a un villano en los últimos tiempos. Lo mismo podríamos decir de la última escena: ese baño -literal- de luz eclesiástica en el que los personajes pasan de esa suerte de purgatorio -si es que era eso; teorías, por favor- a otro lugar, se consideraría entre místico, cursi y alucinado en casi cualquier film contemporáneo

Para paliar tantos desvaríos, tantos momentos estilísticos que van y vienen de la cursilería -sin que nos importe demasiado, como no nos ha importado en el resto de temporadas-, está el meollo filosófico de Lost. Las reflexiones y dilemas que hasta ahora parecen haber dado en la diana de nuestros problemas más contemporáneos, vinculados con la desorientación y pérdida que se ubican en la dicotomía fe/razón. El final incide así en los temas de siempre y los remata: la necesidad de cerrar el pasado para continuar adelante, el sacrificio por los demás (y por la comunidad), la redención, la lucha por alcanzar nuestra vocación -destino, según Lost-, la importancia de significar la existencia.

El círculo de Lost se cierra con la muerte de Jack, la zapatilla y la aparición del perro, Vincent. Un final de etapa que alberga grandes historias en su interior, grandes vivencias y un marcado sentido de la espiritualidad, casi sectario.

Una secta, amablemente denominada, de la que cada cual habrá sacado sus propias creencias y sus propios descréditos. En mi caso, Lost me devolvió a una fe aletargada cuando todavía era una serie alucinante: me permitió creer en el cine venido de la gran fábrica como gran y profunda experiencia; en el planteamiento de los grandes temas, a lo grande; en la aventura como camino a las ideas; en la estructura como andamio para la ambigüedad conceptual; en las historias con maximalismos y en las expectativas como estado de felicidad.

Lost fue un fenómeno sin apenas precedentes en la televisión: creó una verdadera comunidad de fanáticos arrollados por el influjo de su narrativa-tornado, sus grandes personajes y sus emociones directas y universales. Tomó riesgos, creó fascinación, ilusión, pasión… y apuntó tan alto, que desafortunadamente, también decepcionó. Pero después de todo, a mí no me queda demasiado lugar para renegar, a pesar de lo pasado. Más bien me tomo el tiempo de agradecer lo increíblemente divertido, intenso y emotivo que ha sido el periplo, y lo emocionalmente comprometido del final. Hablo ahora como fan, que como muchos otros ha vivido una delirante pasión por la serie, que ha atravesado la celebración, la adicción, el mosqueo, el cabreo y la reconciliación. Como muchos, “he dado mucho” a Lost, pero también he recibido mucho a cambio.