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Crónica #4 Sitges 2015. PELÍCULAS EXTRAÑAS, CINE PODEROSO

El cine que busca, que se busca a sí mismo, capaz de hundirse en la miseria en el empeño, ese cine tangente, transgresor, inclasificable e irredento, raramente estrenado en salas comerciales y frecuentemente infravalorado, ése, es el que puede verse en Nuevas Visiones, Seven Chances, proyecciones especiales y algunas de Sección Oficial del Festival de Sitges, confirmando que sigue habiendo creadores armados de ideas o sobrados de delirios, fieles a su radicalidad.

Empecemos por los “sobrados de delirios”. Sion Sono vs. Takashi Miike, o lo que es lo mismo, Love & Peace contra Yakuza Apocalypse.

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Lo último de Miike es una historia, o una sucesión de escenas, sobre yakuzas vampiros y su lucha contra extraños personajes del inframundo: duendes con pico de ave y manos verdes, o ranas gigantescas con forma de gran muñeco de trapo llamadas Kaeru-kan, descritas como “el mayor terrorista de todos los tiempos”. Lo de Yakuza Apocalypse es un despropósito, uno de esos artefactos incendiarios construidos por Miike que parecen librar la pelea contra el espectador: del caos se pasa a la estupefacción, de ahí a la incredulidad pura y de ahí directamente al k.o por palizón. Miike puede con cualquiera, hace lo que le da la gana, dinamita las reglas que la propia película inicia y nos obsequia con el poderoso influjo de la libertad desbocada, especiada con el indescriptible humor nipón, que incluye una rana aún más grande que Godzilla para el final de fiesta. Imposible explicar una película de Miike, se recomienda verla.

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Sono no se queda corto con su Love & Peace. Según el director explica, escribió el guión hace veinticinco años, y fue, revisando proyectos con su productor, cuando decidieron desempolvarlo y filmarlo. Si ser director de cine puede tener algo de rock, punk o popstar, posiblemente Ryoichi sea el álter ego de Sono, en el film un nerd oficinista que aspira a llegar a lo más alto en el mundo de la música. En su vida de solitario y humillado trabajador, Ryoichi encuentra refugio en una pequeña tortuga a la que llama Pikadon y a la que dedica una canción de amor fraternal. Tras las mofas de sus colegas, Pikadon acaba corriendo por el desagüe del w.c y encontrando refugio en el hogar de las cloacas de un viejo borracho, padre adoptivo de animales y juguetes, a los que concede el poder de la palabra. Los destinos de Ryoichi, convertido en estrella del pop-rock, y Pikadon, pronto tortuga gigante, están no obstante cruzados para siempre. Sion Sono firma un atrevido episodio del kitsch japonés alejado de su humor negro ensangrentado habitual. Desde los trajes estilo lentejuela/tachuela, a las interpretaciones de tebeo y de teleserie romántica del protagonista, pasando por la edulcorada banda sonora popera, todo resulta lejano y desconcertante para un Occidental, pero, o precisamente por todo ello, tiene algo de fascinante. De hecho Sono admite que su cine en Japón no encuentra su público, que sus espectadores los halla fuera de su país. Love & Peace ofrece sus mejores momentos en los episodios de ese universo del titiritero del underground y los personajes que allí se encuentran. Logra contar la historia, unir todas las piezas y construir algunos buenos momentos con una ternura navideña nostálgica y bienhumorada de regusto clásico. Por su parte, Pikadon nos ofrece otra secuencia a lo Godzilla para el remate, pero con el monstruo más lento conocido de la historia del cine.

THE ROLE 554d9db7

Desatados delirios visuales y conceptuales dejan paso a la locura del actor y de sus representaciones en The role. Ambientada en la Siberia de 1919, durante la Guerra civil rusa, The role trabaja sobre la permeabilidad entre el desquiciamiento social y el personal, ése que lleva al actor de éxito Nikolai Yevlakhov a actuar su propia vida, algo que, según su director Konstantín Lopushanski, los escritores simbolistas de la época animaban a hacer. Por ello Yevlakhov decide revivir al despiadado comandante de la Guardia Roja Plotnikov, con quien comparte un parecido físico tan asombroso, que le permite infiltrarse en su entorno directo sin ser reconocido y gozar, como confiesa, del papel de su carrera, con diálogos frescos y espontáneos y una dramaturgia creada por la vida misma. Lopushanski, antiguo colaborador de Tarkovsky, dirige este valioso film inspirado, según cuenta, por la literatura de Dostoyevski y Platónov. No solo nos ofrece una belleza densa y angustiante, reconfortante frente a los dictados de ligereza y consumo fácil que se han apoderado del cine contemporáneo, también Lopushanski escarba en el misterio de un thriller autoral calado de neblinas, en donde el ingenio, del actor y del director, brilla en la oscuridad, como brillan las ganas de hacer un cine comprometido y visceral. Sin alcanzar, tal vez, las cotas de subyugación cinematográfica de su mentor Tarkovsky, The role apunta alto, trabajando no obstante desde el suelo, hundiéndonos en ambientes y decorados de desnuda miseria y escalofrío, arropándonos, a cambio, con una fotografía delicada y evocadora, se diría que novelesca.

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Sin refinamientos estéticos ni depuraciones compositivas de la imagen, realista y quimérica, y como ya es habitual en Apichatpong Weerasethakul, elíptica y despaciosa, se presentaba en Sección Oficial Cemetery of splendour, lo último del director tailandés. La serenidad en la exposición de las vidas de los personajes de cierto cine oriental podría decirse que tiene su cúspide en Weerasethakul, cuyas películas exigen también al espectador una calma portentosa, para observar sin demandar, y un esfuerzo constante, para imaginar, comprender o interpretar. Ofrecen a cambio algo, algo ganado por el propio espectador, un concepto y una emoción extrañas y poderosas. Aunque a veces nada de todo eso sucede, a veces su cine se pierde en el tiempo entre dos planos y no podemos agarrarnos a él, o somos nosotros quien no sabemos encontrar el lenguaje compartido. En 2010, su film Uncle Boonmee who can recall his past lives ganó la Palma de Oro en Cannes. Tras Mekong Hotel regresa con esta historia de soldados afectados por un sueño incesante que duermen en una escuela reconvertida en hospital, donde son cuidados por familiares o voluntarios. Entre esos voluntarios se encuentra Jenjira, que se encarga del soldado Itt. El título en inglés ofrece mejor información sobre la película: Love in Khon Kaen, desvelando la ambigua relación que crece entre ambos personajes. Una de las mejores bazas de la propuesta es la médium que dice conectar el mundo de los espíritus con el real y cómo se produce esa conexión, siempre a través de la palabra. Una palabra que narra y así crea un mundo dentro del mundo. Palabra que, al mismo tiempo, pone en duda la realidad de la visión y la condición misma de realidad de la materia que nos circunda. ¿Invención supersticiosa o verdadero misterio? El director no busca despejar la duda, trata de plantear la pregunta. Integra el fantástico en lo cotidiano hasta lo indivisible y, entre imágenes equívocas y significados velados, nos propone una alucinación colectiva como la del cuento de “El traje nuevo del emperador”, aunque la película no busca engañar a nadie, sino darnos alas para que, también nosotros, podamos contemplar ese cementerio de reyes en lucha que controla las vidas de los vivos, ajenos a la fantástica realidad de la existencia.

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Crónica IV desde el Festival de Sitges 2014. La fantástica comedia.

El miedo y la risa son dos emociones que podríamos definir como antagónicas, de hecho, la una desactiva frecuentemente a la otra: al reírnos dejamos de pasar miedo y, al pasar miedo, dejamos de reírnos.

En el Festival de Sitges, se dan cita el miedo y la risa juntos y revueltos, en lo que podemos llamar comedias fantásticas o del horror. El diálogo entre ambas emociones genera no solo choques y desactivaciones, también alianzas secretas que componen un interesante escenario lleno de variables, y que no procede solamente de la intención de las películas programadas, proviene también de un público fan educado en el divertimento con lo malsano, la sangre y las cicatrices que, en forma de comunidad, reinterpreta escenas a priori dramáticas en clave cómica.

Las líneas que separan la diversión por el delirio, la celebración de lo no normativo y la frivolización de la violencia es delgada, pero ese no es el asunto de esta crónica. Hoy hablamos de como la alucinada naturaleza de la mente humana, que transforma la realidad a su antojo, es abordada desde diferentes conceptos y expresiones de la risa, la sonrisa y hasta la mueca interior.

Realité

Realité

¿Alguien puede imaginar un eccema mental? Dese ahora es posible, solo hay que ver la última película de Quentin Dupieux, Realité, una comedia que sigue y desdobla los pasos marcados en su debut, Rubber, y posterior filmografía, con una historia metafílmica de un operador de cámara que quiere hacer una película para la que deberá encontrar el grito perfecto. A partir de ahí, la trama comienza a desarrollarse de manera laberíntica, progresivamente ininteligible y finalmente, delirante y abstracta. Podría ser una joya del absurdo fílmico-existencial, si no fuera porque opera sin el ingenio necesario ni el alucine esperado. En realidad, la película lanza imágenes bien fotografiadas y situaciones graciosas, pero la falta de arraigo y sentido, por lo menos conceptual, del conjunto, neutraliza un influjo cómico -y no cómico- verdadero. Dicho de otro manera, Realité lo cuenta todo, o lo que es lo mismo, no cuenta nada, porque casi cualquier interpretación es válida. Pero aún aceptando esa idea (extraña comulgación), y el film como ovni polisémico y mero hongo lisérgico, el problema es que lo que queda es la suma de unos gags que no van más allá, ni más acá. La idea de juego y diálogo se pierden en la autosatisfacción abrillantada, mientras la música de Philip Glass por banda sonora, martillea impenitentemente al espectador. Es más, se diría que es la intención abierta de Dupieux, colocar la percepción sensorial y la asociación cerebral contra las cuerdas, causando ese, repetido en el film, eccema mental, que solo recuerdo haber experimentado en otra ocasión: el día que vi Film Socialisme de Jean-Luc Godard.

R100

R100

Dejando eccemas a un lado, R100 (Hitoshi Matsumoto) comparte la idea de experimento fílmico pasado de vueltas con Realité, pero estamos ante un pastiche paródico que homenajea, desde el drama familiar, los films de ninjas, el documental de testimonios o el subgénero bondage. La historia de este padre de familia que contrata los servicios de una agencia que ofrece agresivas dominatrices para experiencias intensas, es desconcertante, desprejuiciada, autocrítica y muy divertida, además de ajena a pretensiones. Pone en escena una representación visual del placer masoquista que deja atónito hasta al más avezado en comedias freaks provenientes de Japón. Su falta de miedo al ridículo, le permite conseguir un inenarrable clímax, por supuesto coherente con la evolución delirante del film.

Wetlands

Wetlands

El sexo también está en el centro de otra comedia, ésta alemana, juvenil, de aspiración punk y pleitesía a la guarrería visual. Wetlands, dirigda por David Wnendt, adapta la novela de Charlotte Roche en la que la dieciochoañera Helen nos introduce en su mundo de fluidos orgánicos, antihigiene sexual y depilación anal, la cual le causará una fisura que, agravada por sus hemorroides, la llevará al hospital, donde conocerá a un guapo y comprensivo enfermero. Todavía hoy, hablar de los gustos sexuales, prácticas e intimidades de la mujer abiertamente y sin censuras, y además alegremente, es mucho menos habitual que hacerlo de las de los hombres, es más, se considera poco femenino. En ese sentido, Wetlands sí funciona un poco como punto y a parte, como material inesperado y volcánico, por lo menos en cuanto al arsenal que trae consigo de escenas asquerosas y provocaciones orales, con gran aprecio por el detalle y las texturas. Pero todo ese impulso liberador no encuentra su equivalente en lo dramático, que se construye como una comedia romántica que no busca pervertir emocionalmente el género, solo darle la vuelta: aquí chica conoce chico, chica se muestra cada vez más psicopática, pero chico tiene buen corazón y aguanta carros y carretas. Sabor a fluido reseco con envoltorio de orgasmada revolución trash.

Los jóvenes de Tusk, lo último de Kevin Smith, también van a aproximarse a territorios húmedos, pero muy diferentes (y hasta aquí podemos leer). El frívolo podcaster Wallace Bryton, conocerá a un viejo aventurero, cuya antigua relación con una morsa que le salvó la vida, marcará la suerte de Wallace. Smith insiste también en Tusk en colocar en pantalla a sus jerks junto a bellísimas mujeres que les aman por razones enigmáticas dentro del film, y que parecen más bien poderosas razones relacionadas con colocar chicas guapas en pantalla, que den color al conjunto y calor a los fans. Pero dejando de lado ese asunto, Tusk se erige como la comedia con el humor más incómodo, e incluso amargo, vista en Sitges en esta edición. En el mismo momento que surge la risa, el ceño se frunce, no sabiendo como espectadores si es terroríficamente divertido lo que estamos viendo o terriblemente trágico. Smith nos presenta a un personaje que se burla de las desgracias ajenas sin ningún tipo de culpabilidad para, a continuación, colocar al personaje en (delirantes) apuros y también al espectador, cuya decisión de reír o no reír, depende en cada momento de cuan legítimo considera carcajearse del sufrimiento de Wallace. El humor como aliado y el humor como enemigo de uno mismo. Historia de castigo y aprendizaje, Tusk no destaca por el trazo fino ni de sus ideas, ni de sus emociones ni de su puesta en escena, pero en su macabra brutalidad y alocada rotundidad, consigue secuestrarnos en nuestro desconcierto y plantear algunas cuestiones interesantes sobre cómo la identidad puede recuperarse a través del dolor, y cómo podemos ser más nosotros que nunca, cuando, aparentemente, ni siquiera lo somos…

The Voices

The Voices

En The Voices, de Marjane Satrapi (conocida por Persépolis y Pollo con ciruelas), un psicópata conversa con su gato y con su perro acerca de sus instintos homicidas. Ryan Reynolds incardina tan bien a ese tipo desgraciado, solo en la vida y naif, que su furia nos da más pena que rabia. Es también Reynolds quien pone voz a su particular ángel y diablo, esos animales domésticos que sustentan en gran medida la dimensión de comedia negra del film y que le sacan punta a un proceso de enloquecimiento real en la película, que más ampliamente puede leerse como una realidad metafórica presente en todo ser humano: las voces interiores que nos impelen a seguir al instinto o a la razón, encaminarnos hacia el Bien o hacia el Mal. El humor impone una distancia analítica que beneficia a la historia, que visualmente se desarrolla mediante imágenes bipolares: unas que presentan el mundo sin filtros y otras que reconvierten los escenarios en coloridas estampas propias de un aséptico anuncio de televisión. La realidad como construcción mental absoluta.

Maps to the stars

Maps to the stars

Y para terminar, Maps to the stars (David Cronemberg), ¿comedia? hipertrófica -o hiperrealista, según se mire- sobre Hollywood como epítome de una sociedad enferma por los efectos de la vanidad, la fama, y las nociones alteradas de éxito y poder. También aquí la enfermedad mental está en el centro del relato, como es habitual en Cronemberg, pero son la crueldad y violencia de los socialmente cuerdos, la mayor fuente de toxicidad y violencia. Con ecos de su film Inseparables y rastros de su habitual exteriorización del dolor interior como deformidad exterior, Cronemberg ha filmado una película tan incisiva como serena, desgarrada sin rasgarse las vestiduras, elegante a través de lo vulgar, lo grotesco y descorazonadora mediante personajes que están olvidando su humanidad. Una lección de cómo hacer una película sin que nada sobre ni nada falte, contando además con un elenco, que encabezado por Julianne Moore, exorciza las neurosis de la realidad extracinematográfica que habita.

El BAFF ha cerrado

Mientras pensaba en sacar mis billetes para Barcelona para asistir, al menos un par de días, al encuentro anual de cine asiático -el BAFF-, me encuentro en su página con una más que fría despedida:

http://www.baff-bcn.org/

Luego leo por los pagos virtuales que el cierre se debe a disensiones internas en el equipo y a problemas de financiación, pero que algunos de los miembros del BAFF han decidido organizar un nuevo festival bajo el epígrafe de “cine de autor” que se llama Cinemart y que se va a celebrar en Barcelona del 28 de Abril al 5 de Mayo. Aunque su página -en facebook- no es aún muy clara.

Recuerdo asistir al BAFF desde 2001, por lo menos, y tengo buenísimos recuerdos de este encuentro. Posiblemente los mejores sean las proyecciones de Good Bye Dragon Inn y de Visage, ambas de Tsai Ming-liang. Hace tiempo que creo que ver sus películas es ver asanas hechos plano, y que la misma “tensión en equilibrio” que subyace bajo cada una de sus imágenes, es la que debe aplicar el espectador al verlas, en un ejercicio de resistencia, que bien entendido, genera una experiencia liberadora y reconfortante. Además de inolvidable.

El BAFF ha hecho mucho por la visibilización del cine asíatico: en el festival se podía ver desde el cine de los inicios de Koreeda (Afterlife), hasta los delirios pop más surrealistas, pasando por la obra del entonces menos conocido Apichatpong Weerasethakul (Tropical Malady y Syndromes and a Century). Había sangre nipona y bollywood indio, terror y dramas intimistas, se podían ver trabajos de Naomi Kawase o de Takashi Miike. Y, no menos importante, se podían comer palomitas.

Hablando de comer, una de las cosas que más me gusta del cine asiático es la presencia y el valor que siempre tiene su comida, la ritualidad y el simbolismo que le confieren. En la edición de 2010 vi una película que aún me ronda por la cabeza, titulada Weaving Girl, de Wang Quan’an. Hay una escena memorable, en la que la protagonista se reúne con su antiguo amor para cenar, y la cena es una fondue china, cuyos vapores empañan el cristal junto al que se encuentra la mesa de los personajes. La cámara les filma desde dentro y desde fuera, a través del vidrio perlado de vapor, creando una puesta en escena acogedora, íntima… en la que el vapor parece hacer aflorar todas las verdades, como si éstas se hubieran obstruido a lo largo de los años.

http://www.cinemovies.fr/bande-annonce-19574-31453.html

Algunos festivales de cine no importa mucho si siguen o si dejan de seguir una edición más. No es el caso del BAFF, que nos ha permitido explorar tantas cinematografías poco conocidas y profundizar en las más distribuidas en nuestro país. No sé si el nuevo Cinemart podrá reemplazar una parte de la propuesta del BAFF -o si lo pretende-, lo que sí que sé es que un evento que nos permita ver las películas de Vietnam, de India o de Thailandia, en una sala de cine, con imagen y sonido de calidad, y conocer a fondo lo que se hace en el continente asiático en materia fílmica, es absolutamente necesario.

Uncle Boonmee who can recall his past lives: trance en la sala.

El cine que cambia cosas, que va un paso más allá… no siempre entra a la primera. Es como comer aceitunas por primera vez, probar el primer trago de cerveza o dar la primera calada a un pitillo. No es exactamente agradable, pero sí tentador. Debe ser por eso que algo queda dentro que nos lleva a comer la segunda aceituna, y luego la tercera, para finalmente volvernos unos  amantes de esos delicados frutos amargos.

Como ejemplo de fruto amargo, cinematográficamente amargo, de los que hacen fruncir las cejas y removerse en la butaca, recuerdo el film Autohystoria de Raya Martin. Tras aquellos interminables travellings de seguimiento y los exasperantes planos fijos de rotondas con tráfico, no estaba claro si se escondía el gran fake del cine asiático o la gran esperanza. Por suerte, al ver Independencia, del mismo autor, me quedó claro que de ser una de las dos cosas, estaba mucho más cerca de ser la segunda.

Igual que Raya Martin, Apitchapong Weerasethakul -cuyo nombre ya se pronuncia con cierto ritmo y gracejo- me sugirió al inicio, tras ver Tropical Maladies y Syndromes and a Century, el perfil de un cineasta poco convencional, pero en este caso, no me pareció que llegara ni siquiera al nivel de interés de la aceituna. Me parecía pura y simplemente un cineasta vacuo, cuyas imágenes no encerraban nada más que el agotamiento de un modelo de cine de autor que habría renunciado al drama en favor de la nada, aderezada con el tedio.

Al ver Uncle Boonmee who can recall his past lives, de nuevo tuve la sensación de dilucidar el enigma del bluff que se cierne sobre las nuevas promesas, esta vez también a favor del cineasta. Será que no tengo ojo para el talento emergente. O eso, o demasiado sueño en alguna de las proyecciones…

Uncle Boonmee… es grande por su condición de experiencia de trance, y al verse en una sala de cine, el trance resulta colectivo. Es una experiencia física, que calma los sentidos en esas casi dos horas de duración en que uno se siente como si estuviera en duermevela, o dicho más exactamente, en estado de meditación. Las atmósferas sonoras, envolventes, profundas, la fotografía, naturalista y acogedora y la cámara, que observa el devenir de la vida, que acepta el tiempo natural de las acciones y de las no acciones, son los hilos que mueve Apitchapong para construir un artefacto fílmico con el que atraviesa el cuerpo y se instala en un lugar recóndito del espectador, con habilidad de serpiente.


Esa misma introspección es la que vive el tío Boonmee los días previos a su muerte, en lo que será un viaje hacia el epicentro del misterio de la Naturaleza, humana, animal o vegetal. La Naturaleza, su esencia, su tiempo y sus espacios son el gran tema del film, cuyo verdadero objeto es mirar, dejarse fascinar por esas personas que viven en la región de Thailandia en la que creció el director, una región pobre y que se suele retratar como “poco sofisticada”, pero que Weerasethakul retrata como un espacio en equilibrio, en donde las personas y el entorno están fusionados en un tempo único.

Construida desde lo cotidiano y desde lo íntimo, uno de los aciertos de Uncle Boonme… es la inclusión de los elementos fantásticos: de los fantasmas a los hombres-mono, y su integración en el entorno y en esa misma vida cotidiana. Su aparición, que irrumpe en la vida del tío Boonmee y los que viven con él, no está exenta de sentido del humor y de cierto aire ridículo que pronto deja paso a una total naturalidad. Más o menos, la misma operación que efectuaba Almodóvar en Volver, que también acudía, por cierto, a la narrativa popular y, en aquel caso, a la superstición de las áreas rurales.

Weerasethakul, y esto no es nuevo en su filmografía, está decidido a trabajar con el material autóctono, con las narrativas propias thailandesas en lo que constituye su propio acto de resistencia para combatir las narrativas globalizadas y preservar cierto folklore pasado por el cedazo de una mirada moderna, que no deja de lado la ironía ni el apunte.

Aunque ante todo, esta es un película hecha desde el respeto y la honestidad, y también desde la libertad. Una libertad que permite tener a los fantasmas deambulando por la casa como si nada sucediera, pero que también da como resultado la inclusión de episodios como el cuento de la princesa o la secuencia del sueño narrado con fotografías de niños de la zona. Irrupciones que muy bien podrían ser arbitrariedades o caprichos, y que tal vez lo sean, pero que al mismo tiempo no dejan de sugerir y de interrogar, algo de lo que no se cansa la película hasta el mismísimo final.

Inasible como ella sola, ver Uncle Boonmee… es como seguir una luz en la oscuridad que alumbra fragmentos de las grandes preguntas y destellos de las posibles respuestas. Destellos como los que vemos en las paredes de esa cueva uterina a la que acuden los animales viejos a morir, y en donde la realización de Weerasethakul abandona el estatismo de lo cotidiano para imbuirse de la agitación del misterio y de la vibración de lo místico.

Una película bella, imperfecta, extraña y muy personal, con una gran capacidad sensorial.

Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre ella. A decir verdad, también mucho se ha hiperbolizado, posiblemente como efecto secundario del trance colectivo. Me pregunto cuánto no tiene de narcótico fílmico esta propuesta y cúanto no tienen los críticos de adictos a sustancias-películas psicoactivas.

Queda por ver la videoinstalación que según Weerasethakul complementa la película, ambas nacidas de la adaptación de un libro y parte de un proyecto más amplio que el director titula Primitivo.

Pero antes incluso de poder ver esa instalación, que parece ser que se detendrá en Madrid y Barcelona en un futuro próximo -gracias tal vez, en parte, a la co-producción que firma Eddie Saeta del film-, y tras todo lo elucubrado sobre la ganadora del último Festival de Cannes, se puede decir sin lugar a dudas que sí hay cine, sí lo hay.