Crónica VI Sitges 2019. Les hirondelles de Kaboul. Animar la realidad.

El Afganistán de finales de los años 90, dominado por el régimen absolutista talibán, forma parte del imaginario visual occidental en forma de imágenes de telediario con fundamentalistas armados, sangre y burkas azules. En Les hirondelles de Kaboul, la elección de las directoras Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec de retratar mediante animación un universo cuyas imágenes documentales hemos visto repetirse durante años —sin que ello nos llevara a conocer más o mejor la realidad a la que aludían—, opera como elemento de distanciamiento que permite apreciar desde una perspectiva nueva un escenario delimitado por las representaciones conocidas. La propuesta de animación en clave política y feminista ubicada en un régimen islámico la emparenta, además, desde otra concepción estética, con Persépolis, en la que Marjan Satrapi animaba en un blanco y negro de luces y sombras el fundamentalismo del Irán de su juventud.

Breitman y Gobbé-Mévellec eligen una paleta de colores restringida (tierras, verdes, ocres, azules) y un estilo de acuarela sobre papel para personajes y fondos, que mediante pinceladas aguadas y desvaídas dan forma a un mundo en descomposición, comprimido en una estrecha gama de tonalidades casi igual de estrecha que las libertades de las mujeres que lo habitan o de los hombres que lo cuestionan.

Construyendo un relato en paralelo de dos parejas, una joven e idealista, y otra mayor y en una crisis sin vuelta atrás, Les hirondelles de Kaboul revela hasta qué punto la debacle moral de un país se infiltra en sus individuos —especialmente en las más desprotegidas—, y lo hace con una narrativa sagaz, poética y contundente, que profundiza en las estrategias de la culpa, la corrupción de la inocencia y la necesidad de esperanza, a partir del acto brutal con el que se inicia la película: una lapidación en la que Mohsen, el joven compañero de la atrevida Zunaira (la única que utiliza el color rosa en la película), decide tirar su primera piedra contra la anónima mujer condenada, sin saber muy bien porqué lo hace. Los ecos de esa decisión repercutirán en todos los personajes, cuyos retratos abren un abanico de las diversas —y perversas— relaciones posibles con el régimen, fijándose además en los pequeños detalles cotidianos (llevar las mangas hasta abajo, no usar zapatos blancos, no salir de casa sin el marido, ir más a la mezquita), que contagian esa opresión continua que envenena los gestos y los discursos silenciosamente.

La ficción seriada El cuento de la criada, de HBO, aborda las consecuencias de la radicalización religiosa de un territorio delimitado de los Estados Unidos, sumido en un totalitarismo cultural que se termina expresando en muchos niveles: una depuración estética del atuendo; un código visual del color que capture la esencia de los nuevos valores; la reconversión del espacio público en siniestro teatro de representaciones de la violencia institucionalizada y ejemplarizante; una involución de las relaciones de poder hombre-mujer, constantemente escenificada mediante la sumisión de lo femenino.

Punto por punto, el contenido del cuento distópico, salvaje, hiperbólico de Margaret Atwood, resuena en la Historia reciente de Afganistán, arrasado no solo por los efectos materiales de la guerra, sino por una profunda transformación simbólica de la realidad y los códigos de relación entre quienes la habitan, a veces tan descabellados, que parecen sacados de una ficción.

Esa transformación y sus matices componen el sustrato de Les hirondelles de Kaboul, a partir del cual germinan sus fértiles discursos de rabia y esperanza, su poética naíf, los contrastes estéticos que oponen una imagen delicada con un sonido realista y sucio, avivando el conflicto de unos personajes atrapados entre sus sueños y su realidad.

Una película que pide ser vista, difundida, comentada, compartida. Aspira y alcanza la transparencia en sus ideas y forma, quitando suavemente velos a lo difuso, escurridizo, mórbido de un terror penetrado en todas las esferas de la vida, al que dota de un contrarrelato de resistencias íntimas.

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