Crónica II del Festival de Sitges 2013. Sobre conexiones y desconectados.

En la presentación de The Zero Theorem, el último trabajo de Terry Gilliam, el director trasladaba una pregunta a los espectadores con su particular estilo de showman indie. En un mundo en el que todos estamos constantemente conectados, ¿qué pasa si uno no quiere estar conectado con los demás? ¿qué ocurre cuando uno decide desconectar?

Gilliam reconocía haber hecho esta película con menos tiempo, menos dinero y mayor dosis de intuición que en sus anteriores trabajos, caracterizados por su extenso desarrollo en el tiempo, e incluso por su falta de consecución, como la adaptación de El Quijote que lleva desde el año 2000 intentando levantar.

Si Gilliam ha cambiado el proceso de trabajo, no se nota demasiado. The Zero Theorem es material del autor al 100%. Burócratas misteriosos, personajes al borde de la locura, soledades envueltas en la parafernalia del gadget retro de ciencia ficción, que aísla y alía a un tiempo. Terry Gilliam posee sin duda el poder de crear imágenes para la fascinación, con una textura que rebasa su formato -ha rodado en 35mm-, persiguiendo la captura de los ecos del dolor y el amor en el género humano. Así las cosas, The Zero Theorem adopta el mismo aspecto de película de culto que tenían Brazil o Doce monos, y sin embargo difícilmente traspasa esa fina pantalla que une al creador con sus espectadores. Escenarios increíbles y gags visuales ingeniosos caminan por un lado. Por el otro transitan errabundos personajes con conflictos en forma de entelequias -esperar una llamada que resignificará su vida- y actores -el gran Christoph Waltz– que no acaban de pillarle el rasero a su personaje. ¿Puede una película que busca el calor y la cercanía resultar fría y lejana? Las imágenes, con tanto potencial revelador, terminan por parecer casi estériles -casi-, ya que las emociones no se han desparramado por la película con la misma habilidad que el imaginario visual de Gilliam.

Los dispositivos móviles son cada vez más frecuentes en las películas, como parte de la trama o como objeto emocional. En Magic, Magic, trabajo del chileno Sebastián Silva, el móvil constituye el rescoldo al que se agarra Alicia, una joven americana que viaja a Sudamérica, para intentar escapar de una realidad que vive como opresiva y que le hará ir desconectando de lo real paulatinamente. Excelentemente desarrollada, con especial tino para atender a los detalles y al camino que lleva a alguien a perder la cabeza y entrar en su lado oscuro, Magic, Magic se coloca muy cerca de la piel y de lo telúrico, abordando el misterio de lo humano desde la incógnita, desde una inquietud construida en cada elección de vestuario y cada escenario que se vuelve ajeno habiendo sido familiar.

Por último, en Nuevas Visiones, Jellyfish eyes nos deja con el regusto de ese cine oriental delirante, completamente irreplicable en cualquier otro lugar del mundo, atravesado por un low-cost naïf que bebe del anime, del videojuego, del escenario social post Fukushima y, todavía, del imaginario fílmico de Godzilla. Todo ello en un universo donde los niños conectan entre ellos a través de seres virtuales -¿mitad peluches, mitad avatares?- que se materializan en nuestro mundo y son controlados gracias a dispositivos móviles. Nativos digitales para los que desprenderse de sus criaturas virtuales no podría ser nunca una liberación; al contrario, lo virtual se propone como excelente mediación de lo real.

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