Archivos Mensuales: octubre 2011

Camino de Sitges 2011

Ahora que Punto de Vista ha pasado a celebrarse cada dos años, y que el BAFF se ha retirado de escena -vaya plan-, hay que mantener, por lo menos, la cita anual de Sitges para ver todo aquello imposible de ver durante el año y para disfrutar de esa energía concreta y tangible que se incuba durante el festival y que queda como poso a su término.

La edición pasada sufrí una intoxicación de atmósferas enrarecidas llenas de psicópatas que acechaban detrás de cualquier esquina sin posibilidad de escapar a su maldad pura. Sitges dejó de parecer una villa idílica para semejarse más a una territorio en el que cualquier cosa macabra podía pasar, a imagen y semenjanza de lo que ocurría en sus salas.

De el edición pasada, recuerdo, además de las películas que ya se reseñaron en el blog, ese documental titulado The people vs. George Lucas, que en algún momento quisiera comentar, las restauraciones de Segundo de Chomón, la exhibición íntegra del Tríptico elemental de España, I saw the devil y La hora doppia, entre otras.

Para esta edición ya se han vendido más de 25.00 entradas. El pequeño pueblo de costa se convierte por unos días en territorio de muchedumbres. La programación se lo vale.

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Los pasos dobles, muy poca fiesta.

Las narrativas contemporáneas que conscientemente renuncian a la linealidad, a la empatía creada por la causalidad, a la inteligibilidad más directa de un trabajo, comprensible en un primer visionado, son también las más difíciles de evaluar: fuera del mundo reglado, ¿bajo qué parámetros valorar una obra?

Sin embargo, en todas las creaciones sobresalientes hay algo que, precisamente por estar más allá de ser comprendido, nos conecta con la pantalla y con sus imágenes, bien a través de la belleza, de la poética o incluso del concepto o la idea fuerte que reconocemos bajo los fotogramas.

En Los pasos dobles, la película que se ha llevado la Concha de Oro en el festival de San Sebastián, apenas hay rastro de esa impronta del artista sobre su trabajo más que en contadas secuencias de carácter íntimo: los dos jóvenes en la habitación, los dos chicos (el negro y el “claro”) hablando y jugando en la noche. En esas secuencias el pulso documental de Lacuesta late con limpio estilo y destreza, no así el conjunto, desposeído de esa nitidez cinematográfica que poseen las secuencias citadas debido a una yuxtaposición de tramas y una superposición de capas de sentido que atiborran el metraje de rimas, resonancias y metáforas, difíciles de anclar en una idea aprehensible desde donde comprender el todo.

Las pinturas de Barceló dialogan con los dopplegängers de Augiéras, ese artista que supuestamente habría pintado y enterrado un búnker en el corazón de Mali como si fuera su propia Capilla Sixtina. Las tramas se mezclan dando paso a los pequeños cuentos o leyendas inseridos en el relato, al continuo paralelo entre tiempos y personajes –y sus ecos-, que debería construir alguna suerte de tesis sobre la identidad transveral a través del arte o tal vez, sobre la identidad inconsciente a través del tiempo. Sin embargo, hay demasiada voz en off, demasiadas digresiones a lo francés, demasiados elementos que parece que van a conducirnos a algún lugar pero que se quedan en una síntesis a veces hermética, a veces frágil y casi siempre incapaz de hablar un lenguaje complejo de forma simple.

Tuve incluso tiempo de acordarme de El topo, de Jodorowsky, y de ese reconcentramiento narrativo en tierras austeras, a priori, gracias a ese episodio del árbol y de la transformación arquetípica de aquél que lo habita. El “menos es más” es una receta inmejorable para Los pasos dobles.

Lo cierto es que con el trabajo de Isaki Lacuesta, una tiene la sensación de que en algunas ocasiones -no en todas-, está tratado por encima de su naturaleza y de que eso no sucede, por ejemplo, con el trabajo de un documentalista como Andrés Duque, cuyo talento late de una forma igualmente personal que el de Lacuesta, pero con un pulso mucho más exacto, con una impronta mucho más palpable y profunda, ubicándose como se ubica en esas narrativas contemporáneas que buscan nuevos caminos para la expresión, a costa de quebrantar aquello que ya sabemos hacer como espectadores, colocándonos pues en terrenos más comprometedores y más difíciles de abordar, en lo emocional y en lo racional.