Alain Cavalier

No quiero dejar de reseñar en este blog uno de mis más recientes descubrimientos en materia cinematográfica: Alain Cavalier.

Tuve la suerte de acudir, casi por casualidad, a la sesión en que la Filmoteca programó Thérèse, la película dedicada a la figura de Teresa de Lisieux, monja carmelita que murió a la corta edad de 24 años de tuberculosis, dejando tras de sí algunos manuscritos en los que narraba cuestiones relacionadas con su vida y con su fe, que inspiraron la película de Alain Cavalier.

Thèrese se estrenó originalmente en 1986, año en que obtuvo el premio del jurado en el festival de Cannes, pero no se ha estrenado en España hasta 2011 (veinticinco años tarde).

El interés de Thérèse radica en varios aspectos, pero quizás el más llamativo es que la película es, además de una película sobre la figura de Teresa de Lisieux, una auténtica “poética” cinematográfica de Alain Cavalier, un manifiesto visual que declara la soberanía de la puesta en escena sobre la realidad -que no sobre el realismo-, un artefacto que deconstruye el cine en sus elementos, para reconstruir con ellos una forma depurada de narrar, aliada con la austeridad de los conceptos que subyacen en la historia.

Abstracta, limpia, enjuta hasta la síntesis, Thérèse elimina de sus elecciones la realidad de las localizaciones, exprimidas hasta los andamios: fondos de color, elementos de atrezzo mínimos, personajes y vestuario. Una sustracción radical que otorga a la película cierto aire teatral, aunque su vívido impulso cinematográfico, se hace palpable en cada gesto contenido de sus intérpretes, en cada mínimo movimiento de la cámara.

La película se entrega cómodamente a un íntimo juego de claroscuros, de personajes que transitan de la oscuridad a la luz, en haces puros de luminosidad que recubren los ropajes y los rostros del elenco, encabezado por Catherine Mouchet, una joven que expresa con toda naturalidad la candorosa pasión de Teresa, su serena vocación.

Cavalier observa a su personaje desde la frontera entre el análisis y la fascinación, e igual que ella, se desposee para buscar, ensancha su pulmón espiritual no para acceder a lo religioso, sino para bucear en el mismo centro del corazón humano y de sus formas de amar.

Tras ver Thérese, me dije que era necesario acudir a ver otra película del ciclo de Cavalier. No sé muy bien cómo, llegué hasta Irène.

Irène. Otro retrato femenino, esta vez desde una aproximación autobiográfica y documental, con una cámara impura que trabaja la primera persona en el marco del vídeo.

Irène es la película que Cavalier decide filmar treinta años después de que su novia (Irène) muera en un accidente de tráfico. El film constituye una búsqueda heterodoxa -a través de los espacios, las imágenes y los recuerdos-, de la huella que Irène dejó en el director, en su visión de los espacios compartidos -y de los espacios “accidentados”- y en su relación con la memoria.

Cavalier evita los sentimentalismos -y casi siempre lo consigue, a pesar de la compleja tarea-, prefiere en cambio las reconstrucciones narradas, los hechos, las pruebas…. y el análisis, también el emocional. Como una cebolla que va perdiendo sus escudos, Cavalier va profundizando en la compleja relación que mantenía con Irène poco antes de su muerte, en sus tentativas de suicidio, en el deterioro de su historia de amor.

Irène golpea profundo, posee esa clase de tristeza reprimida, esa clase de fina dureza que emerge desde lugares recónditos, y hasta esos mismos lugares del espectador avanza. Lo hace deslabazadamente, con una búsqueda que se abre a paréntesis, a culs de sac, a avances y retrocesos y extrañas estrategias. No está interesada en la cuadratura del círculo, en lo exacto, premeditado, inmaculado. Más bien al contrario. Construye desde la primera persona, desde lo íntimo, un territorio amlagamado e inteligente que surca los grandes temas, relacionados con la memoria y la ausencia, de una forma entre obtusa y preclara.

Algunos planos quedan fijados a las retinas: la fotografía de Irène, con su belleza poco complaciente, la autoexploración física de Cavalier con la cámara de vídeo del virulento herpes que le ha salido en el cuello -según él, fruto del estress emocional que le causa hacer la película-, la sandía escarvada y el huevo en la cocina, y la confesión última, en semipenumbra, de Cavalier frente al espejo.

Irène busca estrategias para contender con la ausencia de los cuerpos reales: ¿cómo grabar el recuerdo? ¿cómo tratar las imágenes de los ausentes? ¿cómo evocar, al tiempo, la presencia y la ausencia de los que ya no siguen con nosotros? Cuestiones de calibre fino, inherentes, en un sentido más conceptual -o más literal, según se mire-, al propio cine, siempre proyectado en una doble condición de ser y no ser o de estar y no estar.

El cine, territorio de lo fantasmagórico, parece sin embargo establecer complejas relaciones con los fantasmas que en él son invocados, rastreados o aparecidos, aunque las relaciones complejas, como la de Alain Cavalier con Irène, suelen ser también las más interesantes.


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4 pensamientos en “Alain Cavalier

    1. Luis

      Por cierto, de dejo un link de la película de Delvaux “Un soir, un train” donde nos narra de forma magistral la muerte de un muchacho.

      Responder
    2. anarl Autor de la entrada

      Pita, gracias por la recomendación del film de Delvaux, apuntado queda para ver cuanto antes -¡la escena es magnífica!-. Si tienes la oportunidad de ver algo del trabajo de Alain Cavalier, pásate a comentar tus impresiones.
      Un abrazo.

      Responder

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