Puntodevisteando

Cada festival tiene su propio carácter, o por lo menos debería. El carácter es a un festival lo que las rayas a la zebra: algo sin lo cual perdería su sentido.

Desde hace algunos años acudo a diversos festivales de cine, entre ellos el de Sitges, el BAFF o Punto de Vista. Sitges, uno de mis festivales favoritos, es un festival entusiasta, divertido, apasionado… La localización es inmejorable, el público es fan y la programación es suficientemente heterodoxa como para dibujar un mapa complejo del fantástico y ofrecer una semana de descubrimientos variados. El BAFF es muy asiático, por razones obvias, y a la vez muy barceloniense, por eso del cosmopolitismo y los restaurantes japoneses… El BAFF es el lugar donde pude ver, en su día, Good Bye Dragon Inn (Tsai Ming-liang) y la edición pasada Visage, del mismo director. Dos rocas sagradas del cine mayúsculo. Punto de Vista se define por su programación fuera de los márgenes, constituyéndose como un territorio del documental híbrido, mutante, en el que se citan las obras que buscan, que se atreven y que encuentran o no, pero que tratan de proponer un cine cuyas formas expresivas capturen el signo de nuestro tiempo y a la vez se interroguen a sí mismas. Para mí es un espacio-tiempo de aprendizaje, de libertad y de creatividad.

En la edición pasada de Punto de Vista pude ver una amplia porción de la filmografía de Jem Cohen, que asistió y rodó durante el festival. Peau de cochon, El sustituto o All the children but one, son algunos de los títulos con los que me quedo de la edición de 2010 que, por otro lado, me resultó –en mi estancia breve e incompleta- en exceso densa, por momentos apolilladamente densa, con un exceso de propuestas cuyas formas me resultaban la síntesis vaciada de cierto documental de autor.

Este año en cambio, la impresión que me llevo de los dos días que he pasado a tiempo completo en las salas de la sede Carlos III, es la de un festival con ganas de savia nueva y un abanico de propuestas rico en formas y color. A destacar, en primerísimo lugar, el trabajo de Ion de Sosa: True Love. La hazaña no era sencilla: el director nos cuenta su relación con su novia mientras ambos vivían en Berlín, así como su posterior ruptura. La película es un ejercicio de desnudo emocional -y físico- que logra no caer en el exhibicionismo sentimental. Bebe de un nuevo paradigma: el de la imagen íntima convertida en pública. Es una película hija de Facebook y de Fotolog, pero convenientemente construida sobre un armatoste de sinceridad que le impide caer ni en la autocomplacencia ni en la autocompasión, aunque estoy segura que la propia película lo ha deseado más de una vez. True Love traspasa las barreras de la intimidad que conocemos en el cine, con besos en primerísimo primer plano e imágenes supuestamente cazadas de las relaciones sexuales de la pareja protagonista. Algo me hizo pensar, a la salida del cine, en los cineastas del Hollywood clásico y en qué hubieran dicho si alguien les hubiera contado que al comenzar el siglo XXI los protagonistas de las películas eran los propios cineastas y sus vidas. Quizás, en realidad, no les hubiera parecido tan extraño.

Hoy la imagen doméstica es parte constante de nuestras vidas, y su potencial poético, una realidad aceptada. De Sosa mezcla el vídeo con 16mm, graba y filma los espacios en los que vive y trabaja con repetición obsesiva y los monta –asistido por Velasco Broca- bajo una inspiración de índole impura, tratando las imágenes como retales que corta a jirones y pega con cola que supura entre junturas. Con todo, True Love traslada con vividez y cercanía el vacío subsecuente a una ruptura amorosa, de una forma libre y personal que consigue ir un paso más allá en este cine en primera persona del que ya habíamos visto ejemplos significativos, aunque muy distintos, en el trabajo de León Siminiani Límites: Primera persona.

Otra de las grandes propuestas del certamen, ganadora del premio del público, fue Color perro que huye, de Andrés Duque. Hace dos años vi en Punto de Vista Constelación Bartleby, un trabajo enigmático y fascinante. Duque sigue explorando lo extraño, pero ahora a través de lo cotidiano, de imágenes que ha ido acumulando a través de los años o que, directamente, ha obtenido de Youtube. Con ellas realiza un viaje, una deriva entre formatos, géneros y lugares de la memoria, para urdir una película en la que parece buscarse a sí mismo a través -o en- sus imágenes. El montaje y el sonido redimensionan los materiales, los redefinen a cada segundo ofreciendo una experiencia fluida y extraña, un híbrido entre el videoarte, el videodiario, internet y el cine amateur. Una verdadera joya contemporánea, llena de detalles curiosos, resonancias entre imagen y texto, cargada de un buen humor gamberro y de un personal gusto por lo kitsch. Color perro que huye tiene estilo y brío.

Quedan por comentar, en un nuevo post, otras propuestas del certamen como 48, Gravitiy was everywhere back then o The Arbor.

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2 pensamientos en “Puntodevisteando

  1. juan

    Tiene buenísima pinta la de True Love, Ana. ¿Sabes si se puede conseguir de alguna manera?
    Un placer conocer tu blog y poder disfrutar de él.

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