Archivos Mensuales: enero 2011

Cine en La Casa Encendida

Dentro de su programación de cine contemporáneo, La Casa Encendida plantea varias citas, dos de las cuales me llaman especialmente la atención:
A Religiosa Portuguesa, de Eugène Green. Sábado 12 y Domingo 13 de Febrero, a las 20.00h.
Pepperminta, de Pipilotti Rist. Sábado 19 y Domingo 20 a las 20h. Cine de videoartista…
Además, el 23 de Febrero habrá una proyección titulada “El otro y yo” que incluye las piezas: No es la imagen, es el objeto, de Andrés Duque, y If the camera blows up, de Óscar Pérez.

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LOST: Al fin el final.

Casi ocho meses después de que se emitiera el final de Lost, he visto el episodio que pone punto final a la serie. En todo este tiempo, no sin un esfuerzo considerable, he conseguido evitar spoilers en revistas, televisión, internet, y hasta he conseguido detectar cualquier conversación “peligrosa” en colas de filmotecas y en lugares menos hostiles, a priori, como la cola del supermercado. Y lo he conseguido. No sé cómo, pero he conseguido llegar al final de Lost sin tener la más remota idea de lo que iba a pasar, con la única información de la polémica generada, y conocidos en cada bando: los decepcionados y los conformes.

Yo, para mi propia sorpresa, formo parte del segundo grupo, casi en contra de mis propios principios: me gustó el final de Lost, serie de la que había perdido, por otro lado, toda esperanza de verdad y seriedad. Cada cual tiene su historia con Lost: cada cual debió empezar de una manera y se debió enganchar por distintos motivos, y ha dedicado más o menos tiempo a elucubrar teorías sobre la isla, los números o la iniciativa Dharma. Una vez alguien me dijo, hablando de un tercero, que “había dado mucho a Lost”. Y creo que eso resume bien la condición de los fans: supone una gran entrega de tiempo a través de los años, un esfuerzo constante por completar la información y generar sentido, y una enorme confianza en que al final, todo ello nos llevará a un conocimiento profundo y que la dedicación, será recompensada.

Los constantes huecos de información que Lost fue dejando desde la tercera temporada, la trivialización del debate entre destino y azar (valga como ejemplo la muerte de Mr.Eko) y la escalada de absurdos narrativos que encuentran su apoteosis en la sexta temporada, dejaron claro que Lost iba a ser difícilmente una serie capaz de (re)significar al final todo lo acontecido bajo una luz (ironías) unitaria y reveladora. Quizás por eso -y por carencias técnicas propias en el mundo online que no vienen mucho al caso- me ha llevado tantos meses ver la última temporada, y al hacerlo he experimentado un complejo sentimiento de necrofilia: me he hallado intentando consumar el último acto de amor con lo que me parecía un muerto. Ahora puedo afirmar que la tarea ha sido árdua.

Sin embargo, lo que me ha mantenido ligada a Lost son los personajes. La serie ha sufrido muchos más altibajos en su trama que en la coherencia de sus personajes, que han sido fieles a un único conflicto a lo largo de las temporadas, algo que pocas propuestas consiguen. En cierta manera ellos sí nos han llevado a ese “conocimiento profundo” que esperábamos, a través de un intenso vínculo que se estableció en la primera temporada y que ha seguido madurando. Por ello me parece de lo más sabia la opción de los guionistas de elegir un final de personajes, un punto final de viaje para ellos y para los espectadores en una reunión tan celestial que no hace sino que reforzar la aspereza del verdadero final que acontece en la isla, consiguiendo un más o menos logrado sabor agridulce.

Cualquier tentativa mitológica, término que utilizan Lindelof y Cuse para referirse a las explicaciones de la historia de la isla, hubiera resultado insuficiente y posiblemente deficiente ante la cantidad de traspiés cometidos anteriormente. Por mi parte, me resulta suficiente saber que la isla es ese lugar en donde se guarda una luz que podría regular la homeostasis del mundo (¿?), e incluso que el ritual de paso de los encargados de cuidar la isla se hace con botellín de plástico. De hecho, las preguntas referentes a la naturaleza de la isla las fui aparcando progresivamente a lo largo de las temporadas, posiblemente porque la manipulación se volvió tan flagrante que reveló la ausencia de respuestas en la manga de los creadores, o por lo menos, una forma de presentarlas insatisfactoria, nunca al nivel de lo esperado.

Quizás por ello, por tener las expectativas al nivel del mar y el cansancio de Lost en las cejas, el final me ha sorprendido en positivo. Digamos que este fin de fiesta, como la última temporada al completo, resultaría ridículo si no hubiéramos visto Lost durante seis años: sólo aquí es posible tragarse un final tan lleno de miradas acarameladas, luces de la eternidad y muertos andantes como un clímax emocionante y sincero. Y eso que Desmond Hume quitando el tapón de la piscina de luz bordea un Conan de serie B, y que la périda de los superpoderes de Lock-black smoke es de lo más triste que le ha pasado a un villano en los últimos tiempos. Lo mismo podríamos decir de la última escena: ese baño -literal- de luz eclesiástica en el que los personajes pasan de esa suerte de purgatorio -si es que era eso; teorías, por favor- a otro lugar, se consideraría entre místico, cursi y alucinado en casi cualquier film contemporáneo

Para paliar tantos desvaríos, tantos momentos estilísticos que van y vienen de la cursilería -sin que nos importe demasiado, como no nos ha importado en el resto de temporadas-, está el meollo filosófico de Lost. Las reflexiones y dilemas que hasta ahora parecen haber dado en la diana de nuestros problemas más contemporáneos, vinculados con la desorientación y pérdida que se ubican en la dicotomía fe/razón. El final incide así en los temas de siempre y los remata: la necesidad de cerrar el pasado para continuar adelante, el sacrificio por los demás (y por la comunidad), la redención, la lucha por alcanzar nuestra vocación -destino, según Lost-, la importancia de significar la existencia.

El círculo de Lost se cierra con la muerte de Jack, la zapatilla y la aparición del perro, Vincent. Un final de etapa que alberga grandes historias en su interior, grandes vivencias y un marcado sentido de la espiritualidad, casi sectario.

Una secta, amablemente denominada, de la que cada cual habrá sacado sus propias creencias y sus propios descréditos. En mi caso, Lost me devolvió a una fe aletargada cuando todavía era una serie alucinante: me permitió creer en el cine venido de la gran fábrica como gran y profunda experiencia; en el planteamiento de los grandes temas, a lo grande; en la aventura como camino a las ideas; en la estructura como andamio para la ambigüedad conceptual; en las historias con maximalismos y en las expectativas como estado de felicidad.

Lost fue un fenómeno sin apenas precedentes en la televisión: creó una verdadera comunidad de fanáticos arrollados por el influjo de su narrativa-tornado, sus grandes personajes y sus emociones directas y universales. Tomó riesgos, creó fascinación, ilusión, pasión… y apuntó tan alto, que desafortunadamente, también decepcionó. Pero después de todo, a mí no me queda demasiado lugar para renegar, a pesar de lo pasado. Más bien me tomo el tiempo de agradecer lo increíblemente divertido, intenso y emotivo que ha sido el periplo, y lo emocionalmente comprometido del final. Hablo ahora como fan, que como muchos otros ha vivido una delirante pasión por la serie, que ha atravesado la celebración, la adicción, el mosqueo, el cabreo y la reconciliación. Como muchos, “he dado mucho” a Lost, pero también he recibido mucho a cambio.

Film Socialisme: catedral volante

Film Socialisme, esa meca de la crítica cinematográfica de finales de 2010 y principios de 2011, ha aterrizado como una catedral volante en el escenario fílmico para reavivar ciertos debates sobre las fronteras del cine, la identidad del cine ensayo y los caminos de la experimentación -experimentada-. Godard ha hecho eclosión, y con él su figura y su desfiguración, obrada por la mitificación claroscura que envuelve su persona.

Ver Film Socialisme es una experiencia limítrofe, heterodoxa y desafiante, que desde luego invoca de forma natural preguntas como qué es el cine o qué puede ser. Pero Film Socialisme es también una experiencia abrumadora, extenuante y profundamente confusa.

Al hermetismo del desarrollo -legítimo, pero estanco- hay que sumarle la reconcentración de las estrategias godardianas en una síntesis estratosférica, más  la formolización de una puesta en escena y una técnica de representación y diálogo anquilosadas en lo que podría verse como un soliloquio venido de otras épocas, posiblemente mejores. Ese olor a formas revenidas, propicia además el desequilibrio entre trascendencia -pretendida- y ridículo -conseguido-, que culmina en esa escena en la que una mujer, sentada en el baño, mueve su mano al ritmo de la música como si estuviera bajo los efectos de un chute de afectación. También el sentido del humor de Film Socialisme resulta lejano y algo rancio: las revoluciones cinematográficas del pasado perviven en forma de gestos caricaturescos de una manera muy inquietante.

No así algunas de sus imágenes: el niño abrazando a la madre en la cocina, los rostros en el barco, en HD, el pasaje del crucero bailando al ritmo de la compresión de la imagen de un teléfono móvil. Me hubiera gustado ver Film Socialisme muda, sin voz, sin texto, sólo con la pureza de sus imágenes y sus interesantes hibridaciones de soportes. Pero es otro el juego que aquí se propone, no cabe duda.

Para acometer la operación del análisis, Godard dicta sentencia sobre el estado de Europa a través de una película que parece tan anquilosada como el continente examinado, una suerte de zapping intelectual y metalingüístico de aspiraciones concéntricas. ¿Galimatías o cripotgrama, como dijo de ella Jordi Costa? ¿Fascinante o tal vez sonrojante?… Bien es cierto que en el cine ensayístico entra en juego el bagaje cultural del espectador para conectar con las ideas y la forma de exponerlas, pero también, e igualmente importante, la habilidad del auteur para poner cinco palabras juntas y formar una frase sin dar lugar a una cacofonía. La radicalidad formal y conceptual con que construye Godard su propuesta me recuerdan, en una analogía algo inquietante, a la radicalidad esgrimida por mi abuela a la hora de defender la cebolla en la tortilla de patatas.

Ojalá esta fuera una tortilla-ensayo a la que poder hincarle el diente, sabores amargos y ácidos incluidos. Pero se parece más a un pescado resbaladizo que se escapa constantemente de las manos y que termina por resultar ajeno, indiferente y cosificado. Film Socialisme podría ser algo tan literal y utilitario como un jarrón, una caja de zapatos o un balón de fútbol, listo para ser chutado hacia el cielo, de donde ya vino en forma de catedral volante y a donde creo que regresará, para ocupar la cotizada y sobredemandada parcela de la posteridad.

2011 y el cruce imposible

Aprovecho para desear a todos los paseantes un 2011 lleno de ilusión, desafíos y experiencias cinematográficas limítrofes. Creatividad y oportunidades.

Y ahondando -y tal vez repitiendo- un poco más sobre Copia Certificada, añado un artículo publicado en Diario Siglo XXI sobre extrañas reuniones cinematográficas…

EL CRUCE IMPOSIBLE ENTRE BALADA TRISTE DE TROMPETA Y COPIA CERTIFICADA

Lo de parecerse “como un huevo y una castaña” vale para las dos últimas películas que he ido a ver al cine: Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia) y Copia certificada (Abbas Kiarostami). Precisamente esa importante distancia fílmica que las separa me ha llevado a preguntarme, casi a modo de juego, qué diantre podrían tener en común el último trabajo del autor español con la obra más reciente del creador iraní. Descartada la música de Raphael como leitmotiv interautoral, también a Juliette Binoche como musa del esperpento y dejando definitivamente de lado a Carlos Areces como partenaire maduro-atractivo avezado en cuestiones sobre el original y la copia, me doy cuenta que va a ser necesario algo más que elementos transfílmicos como los actores o la música para encontrar un lugar cinematográfico que una a ambos creadores bajo un mismo paraguas.

El huevo y la castaña, me digo, se parecen por lo menos en la forma (redondeada), en tener una cáscara marronosa y en albergar algo amarillento en su interior. Comparados con De la Iglesia y Kiarostami, el huevo y la castaña son primos hermanos. Aquí, los elementos a comparar son ciertamente dispares, a saber: de un lado la historia de dos payasos asesinos en la España tardofranquista luchando a muerte por el amor de la bella acróbata interpretada por Carolina Bang; del otro, un hombre y una mujer que juegan a simular un matrimonio -o que quizás lo sean, se admiten opiniones- por las calles de una pequeña villa italiana mientras discuten asuntos relacionados con el arte, la posible autenticidad de lo falso y la falsedad de lo verdadero, ideas que parecen llevar al territorio práctico con su juego de simulaciones que es a la vez íntimo y metalingüístico.

Balada triste es violenta, barroca, excesiva, grotesca, delirante, circense. Copia certificada se construye, en cambio, sofisticada, austera, sazonada por un glamour europeísta, amarga, delicada, intensa. Kiarostami plantea una puesta en escena depurada, despojada en apariencia de artificios y efectismos -pero completamente artificiosa al fin y al cabo, por sus radicales elecciones y sus omisiones-, centrada en los rostros de los actores como lugar en donde comprender la realidad circundante, en donde se refleja el otro y se construye, en tiempo real, uno mismo. Álex de la Iglesia filma desde lo hiperbólico, buscando con su cámara el retrato frontal de lo obsceno bajo la coartada tragicómica. Sangre, violencia y sexo están en el primer término de la imagen capturadas por un ojo fascinado por lo brutal y deformado por sus consecuencias. Hay crueldad en la mirada detrás de la cámara igual que en el interior de la pantalla donde acontece una acción construida sobre la degradación y el delirio.

Estas dos últimos términos: degradación y delirio me parecen, al fin, temáticas o estados que ambos films comparten, interpretados de forma distinta en cada caso. ¿Cómo calificaríamos, si no, el extraño juego de la pareja Binoche-Shimell más que como un delirio compartido, síntoma de una profunda desesperación emocional, más allá de justificaciones intelectuales? ¿Qué mejor palabra que degradación podría aplicarse a esta pareja si pensamos que realmente son un matrimonio que pone las cartas sobre la mesa sobre cuestiones enquistadas pero no acordadas a lo largo de los años que les han llevado a una severa distancia emocional? Kiarostami ensaya el delirio en la edad adulta: jugar con un extraño a la simulación de la pareja, atravesar el dolor -o representarlo-, exponer la propia intimidad buscando tal vez consuelo en la mera generación del drama, dejarse llevar por una pasajera enajenación para buscar la verdad, aunque fuera a través de la mentira.
Acerca de este punto, leí en uno de los blogs de Álex de la Iglesia una frase que decía: “Sólo soy sincero si miento. Sólo digo la verdad si manejo una farsa”. Algo que suscribirían, por otro lado, casi todos los buenos directores y directoras de cine.

Espero que el juego propuesto no le haya resultado a nadie meramente dialéctico. Otras reuniones posibles Kiarostami-De la Iglesia son bienvenidas, de la misma manera que el año que entra.