Los Materiales: el final del éxtasis, la consagración de la duda.

Desde que ganaron el premio a la Mejor Dirección el Festival Punto de Vista de 2009 -“por la arriesgada combinación que propone entre reflexión histórica, conciencia del presente y utilización de los medios cinematográficos”- lo de Los Hijos se parece a lo de Nacho Vigalondo –en cuanto a éxito y difusión- sólo que en el universo del documental de creación. Es decir, que siguen siendo desconocidos para el gran público, pero cada vez más nombrados (¿re?) entre el público cinéfilo.

“A mí todo esto me aburre soberanamente” -aprox.- es uno de los subtítulos que aparece en la película que quizás mejor describe el nudo del conflicto por el que atraviesan los tres realizadores del colectivo Los Hijos: cómo filmar un lugar y a quienes viven en él cuando la indiferencia o la falta de conexión se apodera de los documentalistas.

Imposibilidad para una mirada poética, casi mística como la de cierto cine documental y autoral convertido en un cánon de lo heterodoxo. Imposibilidad para un cine de la modernidad que es sometido a crítica, mientras los realizadores se someten a su vez a una autocrítica que pone en cuestión sus valores y que ahonda en la problemática real del proceso creativo. Una problemática que inteligentemente problematiza el lenguaje fílmico del documental y lo trae a primer término: he aquí el uso de planos que normalmente quedarían fuera del corte final -zooms titubeantes, un foco que va y viene, igual que el sonido, que entra y sale- la inclusión de subtítulos en lugar de diálogos sonoros o el uso de ese blanco y negro lavado hasta el desteñimiento que revela a la perfección esa grisura tonal y casi existencial, que sella la propuesta.

Esa es quizás la apuesta más arriesgada de la película, y de la que Los Hijos no siempre salen airosos: consiguen, sí, introducir un fino sentido del humor que interroga sus imágenes, dialogar con lo fantástico a través de la posibilidad del género (el thriller, entre otros) y buscarse a sí mismos en medio de esa deriva casi electrónica –vía cámara- a la que nos someten, y que tiene momentos de brillo, malicia y calidad, bastante refrescantes.

Pero bajo la justificación del “A mí esto me aburre soberanamente”, el tedio se apodera de las estrategias que lo cuestionan en una cuadratura del círculo que no cuadra y que resulta tan apática, tan falta de algún tipo de pasión -aunque fuera por su propia propuesta-, que termina por ahondar en un cine aséptico y contemplativo, extraña combinación harto inestable. La ambigüedad, que por momentos es manejada con pulso, se descompensa en la mayor parte del metraje y cae en un túnel hacia la nada que resulta más triste y liso -más literal, al fin y al cabo- que relevante.

Cuando Antonioni hablaba del aburrimiento y hacía aquellas películas tan aburridas y exasperantes, nos obligaba a preguntarnos si era legítima la estrategia. Aunque pocos cineastas como Antonioni han sabido encontrar tal éxtasis en la desgana y articular una conmoción gracias a la deriva y el letargo de las características de El Eclipse o La Aventura.

No todas las esperas son iguales. No todas dejan el mismo sabor de boca ni nos llevan a los mismos lugares o nos iluminan de la misma manera. Aunque sea para contarnos que hay poca luz.


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