Archivos Mensuales: noviembre 2010

Los Materiales: el final del éxtasis, la consagración de la duda.

Desde que ganaron el premio a la Mejor Dirección el Festival Punto de Vista de 2009 -“por la arriesgada combinación que propone entre reflexión histórica, conciencia del presente y utilización de los medios cinematográficos”- lo de Los Hijos se parece a lo de Nacho Vigalondo –en cuanto a éxito y difusión- sólo que en el universo del documental de creación. Es decir, que siguen siendo desconocidos para el gran público, pero cada vez más nombrados (¿re?) entre el público cinéfilo.

“A mí todo esto me aburre soberanamente” -aprox.- es uno de los subtítulos que aparece en la película que quizás mejor describe el nudo del conflicto por el que atraviesan los tres realizadores del colectivo Los Hijos: cómo filmar un lugar y a quienes viven en él cuando la indiferencia o la falta de conexión se apodera de los documentalistas.

Imposibilidad para una mirada poética, casi mística como la de cierto cine documental y autoral convertido en un cánon de lo heterodoxo. Imposibilidad para un cine de la modernidad que es sometido a crítica, mientras los realizadores se someten a su vez a una autocrítica que pone en cuestión sus valores y que ahonda en la problemática real del proceso creativo. Una problemática que inteligentemente problematiza el lenguaje fílmico del documental y lo trae a primer término: he aquí el uso de planos que normalmente quedarían fuera del corte final -zooms titubeantes, un foco que va y viene, igual que el sonido, que entra y sale- la inclusión de subtítulos en lugar de diálogos sonoros o el uso de ese blanco y negro lavado hasta el desteñimiento que revela a la perfección esa grisura tonal y casi existencial, que sella la propuesta.

Esa es quizás la apuesta más arriesgada de la película, y de la que Los Hijos no siempre salen airosos: consiguen, sí, introducir un fino sentido del humor que interroga sus imágenes, dialogar con lo fantástico a través de la posibilidad del género (el thriller, entre otros) y buscarse a sí mismos en medio de esa deriva casi electrónica –vía cámara- a la que nos someten, y que tiene momentos de brillo, malicia y calidad, bastante refrescantes.

Pero bajo la justificación del “A mí esto me aburre soberanamente”, el tedio se apodera de las estrategias que lo cuestionan en una cuadratura del círculo que no cuadra y que resulta tan apática, tan falta de algún tipo de pasión -aunque fuera por su propia propuesta-, que termina por ahondar en un cine aséptico y contemplativo, extraña combinación harto inestable. La ambigüedad, que por momentos es manejada con pulso, se descompensa en la mayor parte del metraje y cae en un túnel hacia la nada que resulta más triste y liso -más literal, al fin y al cabo- que relevante.

Cuando Antonioni hablaba del aburrimiento y hacía aquellas películas tan aburridas y exasperantes, nos obligaba a preguntarnos si era legítima la estrategia. Aunque pocos cineastas como Antonioni han sabido encontrar tal éxtasis en la desgana y articular una conmoción gracias a la deriva y el letargo de las características de El Eclipse o La Aventura.

No todas las esperas son iguales. No todas dejan el mismo sabor de boca ni nos llevan a los mismos lugares o nos iluminan de la misma manera. Aunque sea para contarnos que hay poca luz.


Val del Omar: entre el documento y el misterio.

En uno de los collages que alberga la exposición “:desbordamiento de Val del Omar” que programa el Reina Sofía hasta finales de Febrero del 2011, queda patente la idea que tiene el cineasta granadino de las “Culturas”. Existe la Occidental, la Oriental y una tercera, representada por una sala de cine en la que puede leerse: “difusa entre documento y misterio”. Ese territorio de extraño encuentro es en el que se sitúa precisamente la obra más conocida de Val del Omar: Tríptico Elemental de España, conformado por las piezas Acariño Galaico, Fuego en Castilla y Aguaespejo Granadino.

Esta obra pudo también verse en la edición de este año del Festival de Sitges seguida del documental Fragmentos para una historia del otro cine español, un repaso por la historia del cine experimental que sitúa en sus orígenes a la figura de Val del Omar como pionero e inspirador en la geografía española de un cine heterodoxo.

Su perfil, como amplía la exposición del Reina Sofía, es el de un innovador en lo material y en lo narrativo, un buscador con su propia cosmogonía cinematográfica que dejó plasmada en escritos y obras. Se puede ver en el museo una recreación del laboratorio de Madrid en el que trabajó y murió y al que llamó PLAT: Picto Lumínica Audio Táctil. Allí trabajaría no sólo con formatos cinematográficos, también con diapositivas, Súper8, los sistemas de sonido que él mismo había inventado -sonido diafónico- o con las posibilidades plásticas del láser. No es casualidad que Val del Omar inventara un término como la mecamística, que resumía su pasión por la mística y por la mecánica, la electrónica y en definitiva la técnica, por la que fue premiado en el Festival de Cannes en 1961 por la obra Fuego en Castilla.

Su obra es -y digo todo esto desde una aproximación muy primaria-, un territorio de difícil clasificación, con un lenguaje interior que parece tratar de transmitir a la vez lo sensible y lo conceptual. Movimientos de cámara, superposiciones de imágenes, bifurcación de la imagen y el sonido, choques diseñados e idas y venidas y vueltas al lugar de partida… La obra de Val del Omar se me antoja errática, críptica, a la vez cálida y con un poso frío tras el latido intencionadamente visceral de cada imagen. Sin duda, llena de curiosos hallazgos visuales, sobre todo en Aguaespejo Granadino, con las bellísimas resonancias entre el agua y el flamenco. Registro de una búsqueda y búsqueda a través de lo material de lo espiritual. Delirante y fantasmagórica, leo la mística en las imágenes pero no la encuentro en la oscuridad de la sala. Quizás no la veo, todavía, pues estas cosas pueden llevar un tiempo. Entreveo un trance que nunca llega a colapsar -hasta el temblor, ansiado- y percibo una constante frustración de las expectativas del espectador que al fin y al cabo me resulta incierta e interesante, propia de esa cinegrafía libre con hambre de éxtasis que escribe un entusiasta de mente libre.

Al término la exposición del Reina Sofía, me resultan más interesantes todos esos “pequeños” trabajos de Val del Omar, de corte más plástico, que la obra más conocida. Esas imágenes de Súper8, las diapositivas en las que ensayaba la aplicación de texturas sobre un rostro de mujer, las telarañas de láser, y en general, ese mundo de inventos, cachibaches, ensayos y errores en el que se movía, y por el que no perdió la pasión.

Adjunto el link de la página de Val del Omar, en la que podéis ver fragmentos de sus trabajos y leer parte de sus textos, entre otras cosas.

http://www.valdelomar.com

¿Qué os parece el cine de Val del Omar?