Sound of Noise: la ciudad como instrumento.

Hace diez años vi este cortometraje en el Festival l’Alternativa:

Era una magnífica sesión al aire libre y aquel corto me llamó la atención por su propuesta musical y poco ortodoxa dentro del mundo del corto. Durante tiempo me he acordado de ese trabajo, pero nunca pude recordar el título de la pieza ni el nombre de sus directores. Unos días antes del inicio del Festival de Sitges volví a pensar en aquel trabajo, y me sorprendí de cuantísimo tiempo puede mantenerse una duda en la mente.

A veces, el azar quiere que esas dudas alcancen su final y el que las acarrea, un poco más de paz, aunque sea momentánea. Así ocurrió tras ver Sound of Noise en la sección Nuevas Visiones del Festival de Sitges, a la que acudieron invitados sus directores Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson –nombres que algún día pronunciaremos con el ritmo diáfano con que hoy ya muchos repetimos Apitchapong Weerasethakul-.

Tras veinte minutos de película, me quedó más que claro que el film estaba hecho por los mismos creadores del corto, es más, era una versión ampliada del mismo. A la salida, me acerqué a los directores y les conté esta misma historia y me confirmaron que el cortometraje era suyo, y que de hecho, se trataba de los mismos músicos diez años después. Además, parece ser que el cortometraje que se quedó en mi memoria ha sido todo un fenómeno en Internet, recibiendo en esta década unos diez millones de visitas.

Con ese background y el premio joven de la Semana de la Crítica de Cannes, llegaba Sound of Noise, protagonizada por ese grupo de percusionistas que esta vez no iban a hacer música sólo con un apartamento sino con una ciudad entera.

No es la primera vez que se intenta tal hazaña: Berlín, sinfonía de una ciudad también quiso extraer la música de una urbe, sólo que Walter Ruttman proponía una música de formas en movimiento, de líneas y velocidad. Sound of Noise busca la música en la ciudad, a partir de sus superficies y objetos, a los que resiginificará como improvisados instrumentos musicales.

Concierto fílmico, performance musical-cinematográfica pública/privada y policiaco de aire sofisticado para poner en escena el terrorismo musical con más humor llegado desde Suecia, esto es: explorar las fronteras entre el sonido y la música –los directores mencionan la influencia musical de John Cage- mediante ataques sonoros a los bastiones de una sociedad con un rictus algo tieso (del sistema de salud al financiero). Ataques que investigará el policía Amadeus Warnebring, hijo de una familia de músicos clásicos con una particular sordera selectiva y una progresiva fascinación por Sanna Persson y su banda.

La polisemia de la palabra banda viene aquí al pelo, porque esta es una película de músicos y de delincuentes –culturales-, cuya doble condición no podía por menos que hablar del poder de subversión del arte a través del desconcierto y de la introducción de lo inesperado y lo inusual en lo cotidiano. Puede sentirse en este film la presencia o los ecos del Club de la Lucha y su terrorismo contra la sociedad acomodada, incluido el homenaje al plano final de la película de Fincher, esta vez sin inserto porno.

La película se desenvuelve con estilo, gracia y frescura en las cuatro acciones musicales que acontecen: 1. Doctor, doctor, gimmie gas (in my ass), 2. Money 4 u, Honey, 3. Fuck the music, Kill! Kill, 4. Electric love, pero con mucha menos pericia en la parte narrativa y dramática, más aposentada en lugares comunes y con un influjo muy poco liberador. La investigación de Amadeus no depara grandes sorpresas, es más, se aproxima con cierto maniqueísmo al mundo de la música clásica, y la historia entre Amadeus y Sanna hace aguas desde muy pronto, presa del esquematismo y el manual. A ello no ayuda que cada uno de ambos se mueven en registros interpretativos muy distintos: él rozando el melodrama, ella en la escuela de la contención.

Parece como si al saltar del corto al largo, Simonsson y Nilsson hubieran querido incluir una línea dramática para sujetar el desarrollo de la película, pero parece bastante claro que no era lo que más les importaba, y eso se percibe. Así, la película tiene una bipolaridad muy curiosa, autodestructiva desde su interior: una propuesta artística y musical de índole subversiva vs. una narrativa tradicional y poco arriesgada. Ambos polos tienden a anularse el uno al otro sin solución, aunque afortundamente, es mucho más fuerte uno de los dos: el que permite que sigamos contemplando esta película como un experimento fresco y medianamente regenerador. Un film con hallazgos en la puesta en escena muy poderosos, como el pentagrama eléctrico con los músicos suspendidos o la música lumínica, hecha de ritmo y lapsos de luz, momento en que se rozan desde la distancia y con una tenue sonrisa la vieja película de Ruttman con la de la pareja sueca. Posiblemente también Sound of Noise se quedará fijada en mi memoria a través del tiempo, y es que no le faltan argumentos.

Aún y así, me hubiera gustado ver qué hubiera sucedido si se hubiera minimizado la trama dramática y se hubiera arriesgado a concebir un largometraje de hora y media con la misma propuesta de Music for an apartment and six drummers.

Tendré que imaginármelo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s