Finisterrae: de fantasmas y princesas

Con todos los números para convertirse en película de culto, más por su condición fronteriza entre impostura y declaración de principios, que por su auténtico influjo cinematográfico, Finisterrae es literalmente una fantasmada, única excepción del término que en este caso no es peyorativo, sino descriptivo de un film protagonizado por dos verdaderos fantasmas (analógicos).

He aquí un experimento -se rodó sin guión y se dialogó en ruso- que Sergio Caballero y Lluis Miñarro, su productor, nos sirven en bandeja de plata, gracias a la delicada fotografía de Eduard Grau, que dota a las imágenes de un aura misteriosa y de un acusado acento pictórico -que a veces roza el pesebre viviente, el cómic y hasta el desfile de maniquís con sábana a la cabeza-, y gracias también a un lustroso trabajo de sonido que actúa como pegamento y sello para el conjunto de la propuesta, tan digresiva como críptica y no menos surrealista. Es algo parecido a ver la versión post (post-lo-que-sea) de El cant dels ocells de Albert Serra, estilo fantasma.

Firmada por un forastero -¿intruso?- en el mundo del cine (director del Sónar), Sergio Caballero parece aprovechar su condición de visitante para tomarse una libertad narrativa, formal y conceptual poco habitual ya no sólo en el cine de casa, también en el Cine, en general. Con paréntesis para el videoarte catalán más trash, salidas -literales- del cine al cuadro y del cuadro al plató, y del plató a… e increíbles resonancias -voluntarias o no, eso ya…- como ese ciervo que camina por el antiguo palacio, visto no hace tanto en Visage, (la mole cinematográfica de Tsai Ming-liang), la historia de dos fantasmas que quieren dejar de serlo se perfila por momentos como la redención de dos donnadies que quieren volver a ser alguien, a ser bellos, príncipe y princesa para la ocasión.

Siempre en la línea, en la cuerda floja, la película de Caballero intenta acceder a la verdad a través de la mentira, a lo real a través de lo impostado. En ocasiones lo consigue, como en esa espléndida secuencia final en que la cámara bascula de los fantasmas al fuego y del fuego a los fantasmas, y el ritual de paso opera su magia. En otras, secuencias varias en la nieve y en otros escenarios, las formas señalan insistentemente hacia una poética autoral, sustentada por la fotografía y el sonido, que no termina de cuajar, autoinhibida por ese juego entre farsa, provocación, bofetada y autenticidad que define el film, y que no siempre está bien resuelto.

Podría haber sido, Finisterrae, una obra mucho mayor, pues tiene los elementos conceptuales para serlo. Pero le falta un poco, un algo más de corazón, de verdadera y honesta locura, para rebasar su propia propuesta y expandirse o, quien sabe, autoaniquilarse en directo.

No es una obra maestra pero, sin duda, es quizás la mejor comedia española del año, la propuesta más marciana y desprejuiciada, un film por donde los personajes se pasean como si estuvieran en una constante performance orate y escuchan caracolas de las que sale música o insultan a las hippies que van semidesnudas por la nieve.

Más films como Finisterrae, más marcianos todavía, más delirantes, más espesos, más arbitrarios o farsantes, son necesarios para insuflar salud en el cine español y en el Cine, en general.

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