Uncle Boonmee who can recall his past lives: trance en la sala.

El cine que cambia cosas, que va un paso más allá… no siempre entra a la primera. Es como comer aceitunas por primera vez, probar el primer trago de cerveza o dar la primera calada a un pitillo. No es exactamente agradable, pero sí tentador. Debe ser por eso que algo queda dentro que nos lleva a comer la segunda aceituna, y luego la tercera, para finalmente volvernos unos  amantes de esos delicados frutos amargos.

Como ejemplo de fruto amargo, cinematográficamente amargo, de los que hacen fruncir las cejas y removerse en la butaca, recuerdo el film Autohystoria de Raya Martin. Tras aquellos interminables travellings de seguimiento y los exasperantes planos fijos de rotondas con tráfico, no estaba claro si se escondía el gran fake del cine asiático o la gran esperanza. Por suerte, al ver Independencia, del mismo autor, me quedó claro que de ser una de las dos cosas, estaba mucho más cerca de ser la segunda.

Igual que Raya Martin, Apitchapong Weerasethakul -cuyo nombre ya se pronuncia con cierto ritmo y gracejo- me sugirió al inicio, tras ver Tropical Maladies y Syndromes and a Century, el perfil de un cineasta poco convencional, pero en este caso, no me pareció que llegara ni siquiera al nivel de interés de la aceituna. Me parecía pura y simplemente un cineasta vacuo, cuyas imágenes no encerraban nada más que el agotamiento de un modelo de cine de autor que habría renunciado al drama en favor de la nada, aderezada con el tedio.

Al ver Uncle Boonmee who can recall his past lives, de nuevo tuve la sensación de dilucidar el enigma del bluff que se cierne sobre las nuevas promesas, esta vez también a favor del cineasta. Será que no tengo ojo para el talento emergente. O eso, o demasiado sueño en alguna de las proyecciones…

Uncle Boonmee… es grande por su condición de experiencia de trance, y al verse en una sala de cine, el trance resulta colectivo. Es una experiencia física, que calma los sentidos en esas casi dos horas de duración en que uno se siente como si estuviera en duermevela, o dicho más exactamente, en estado de meditación. Las atmósferas sonoras, envolventes, profundas, la fotografía, naturalista y acogedora y la cámara, que observa el devenir de la vida, que acepta el tiempo natural de las acciones y de las no acciones, son los hilos que mueve Apitchapong para construir un artefacto fílmico con el que atraviesa el cuerpo y se instala en un lugar recóndito del espectador, con habilidad de serpiente.


Esa misma introspección es la que vive el tío Boonmee los días previos a su muerte, en lo que será un viaje hacia el epicentro del misterio de la Naturaleza, humana, animal o vegetal. La Naturaleza, su esencia, su tiempo y sus espacios son el gran tema del film, cuyo verdadero objeto es mirar, dejarse fascinar por esas personas que viven en la región de Thailandia en la que creció el director, una región pobre y que se suele retratar como “poco sofisticada”, pero que Weerasethakul retrata como un espacio en equilibrio, en donde las personas y el entorno están fusionados en un tempo único.

Construida desde lo cotidiano y desde lo íntimo, uno de los aciertos de Uncle Boonme… es la inclusión de los elementos fantásticos: de los fantasmas a los hombres-mono, y su integración en el entorno y en esa misma vida cotidiana. Su aparición, que irrumpe en la vida del tío Boonmee y los que viven con él, no está exenta de sentido del humor y de cierto aire ridículo que pronto deja paso a una total naturalidad. Más o menos, la misma operación que efectuaba Almodóvar en Volver, que también acudía, por cierto, a la narrativa popular y, en aquel caso, a la superstición de las áreas rurales.

Weerasethakul, y esto no es nuevo en su filmografía, está decidido a trabajar con el material autóctono, con las narrativas propias thailandesas en lo que constituye su propio acto de resistencia para combatir las narrativas globalizadas y preservar cierto folklore pasado por el cedazo de una mirada moderna, que no deja de lado la ironía ni el apunte.

Aunque ante todo, esta es un película hecha desde el respeto y la honestidad, y también desde la libertad. Una libertad que permite tener a los fantasmas deambulando por la casa como si nada sucediera, pero que también da como resultado la inclusión de episodios como el cuento de la princesa o la secuencia del sueño narrado con fotografías de niños de la zona. Irrupciones que muy bien podrían ser arbitrariedades o caprichos, y que tal vez lo sean, pero que al mismo tiempo no dejan de sugerir y de interrogar, algo de lo que no se cansa la película hasta el mismísimo final.

Inasible como ella sola, ver Uncle Boonmee… es como seguir una luz en la oscuridad que alumbra fragmentos de las grandes preguntas y destellos de las posibles respuestas. Destellos como los que vemos en las paredes de esa cueva uterina a la que acuden los animales viejos a morir, y en donde la realización de Weerasethakul abandona el estatismo de lo cotidiano para imbuirse de la agitación del misterio y de la vibración de lo místico.

Una película bella, imperfecta, extraña y muy personal, con una gran capacidad sensorial.

Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre ella. A decir verdad, también mucho se ha hiperbolizado, posiblemente como efecto secundario del trance colectivo. Me pregunto cuánto no tiene de narcótico fílmico esta propuesta y cúanto no tienen los críticos de adictos a sustancias-películas psicoactivas.

Queda por ver la videoinstalación que según Weerasethakul complementa la película, ambas nacidas de la adaptación de un libro y parte de un proyecto más amplio que el director titula Primitivo.

Pero antes incluso de poder ver esa instalación, que parece ser que se detendrá en Madrid y Barcelona en un futuro próximo -gracias tal vez, en parte, a la co-producción que firma Eddie Saeta del film-, y tras todo lo elucubrado sobre la ganadora del último Festival de Cannes, se puede decir sin lugar a dudas que sí hay cine, sí lo hay.

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