Festival de Sitges 2010, crónica

 

Un buen Festival de cine tiene como reto, entre otras cosas, propulsar la mente de sus espectadores a las nuevas realidades del cine que programa. Y el Festival de Sitges, en su apuesta por una programación “no dogmática” del fantástico, como la define su director, Ángel Sala, consigue precisamente crear ese espacio abierto en el que se encuentran directores de sensibilidades tan dispares como Apitchapong Weerasethakul o Kim Ji-woon, con películas que acuden al fantástico para buscar herramientas con las que explorar su país, su Historia o la moral de sus congéneres.

Sitges 2010 traza un mapa de un país imaginario con capitales del clasicismo (Thriteen Assassins, Takashi Miike) y con fronteras difusas, la mayoría de ellas perfiladas en la sección Nuevas Visiones, con trabajos como Sound of Noise, Rubber o La Doppia Hora. Más acertados o más fallidos, pero siempre conscientes de su papel de redefinición del territorio y sus límites.

Ese abanico de obras es la gran baza de un evento que lejos de resultar un cajón de sastre en el que todo vale, es un patchwork -ensangrentado- que ofrece una imagen de conjunto con todas sus especificidades, salvedades y, por supuesto, puntales del género. Un Festival en el que además de a amplificar la capacidad pulmonar para respirar fantástico se viene a pasarlo bien.

Porque Sitges es, además de un evento cinematográfico, un evento cultural en el que se reúne un público vigoroso, entregado, fan del cine de terror y del cine fantástico. Aplaude cuando aparece la cortinilla del Festival, aplaude cuando aparecen los créditos y aplaude cuando una cabeza es cortada y rueda por el suelo -a veces, incluso, cuando no es una escena para aplaudir, también aplaude-. Acudir al Festival de Sitges es acudir a un evento de pulsiones que se dan lugar en la pantalla y fuera de ella: en la sala de cine o en la calle, con el paseo de Zombies. Toda una experiencia de intoxicación, liberación, abrumación, y en general, resistencia al envite del género.

De hecho después de diez días y montañas de películas en circulación por las retinas, los habitantes del pueblo comienzan a parecer psicópatas en potencia y cualquier situación cotidiana es factible de saldarse con un baño de sangre y un montón de vísceras…

Con todo: con los excesos de público, los excesos de violencia, de perturbación moral y distorsión de lo real, me quedo, como colofón, con una frase que pronunció Roberto Cueto en la charla que Cahiers du Cinéma organizó para analizar cuestiones sobre la autoría y el cine de género. Mencionó, muy acertadamente, que el cine porno y el cine de terror tienen en común ser un cine de los cuerpos y apuntó que “su imaginario es válido por su fisicidad y no por lo que significa”.

Me quedé pensando en esa idea.

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