Archivos Mensuales: octubre 2010

Sound of Noise: la ciudad como instrumento.

Hace diez años vi este cortometraje en el Festival l’Alternativa:

Era una magnífica sesión al aire libre y aquel corto me llamó la atención por su propuesta musical y poco ortodoxa dentro del mundo del corto. Durante tiempo me he acordado de ese trabajo, pero nunca pude recordar el título de la pieza ni el nombre de sus directores. Unos días antes del inicio del Festival de Sitges volví a pensar en aquel trabajo, y me sorprendí de cuantísimo tiempo puede mantenerse una duda en la mente.

A veces, el azar quiere que esas dudas alcancen su final y el que las acarrea, un poco más de paz, aunque sea momentánea. Así ocurrió tras ver Sound of Noise en la sección Nuevas Visiones del Festival de Sitges, a la que acudieron invitados sus directores Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson –nombres que algún día pronunciaremos con el ritmo diáfano con que hoy ya muchos repetimos Apitchapong Weerasethakul-.

Tras veinte minutos de película, me quedó más que claro que el film estaba hecho por los mismos creadores del corto, es más, era una versión ampliada del mismo. A la salida, me acerqué a los directores y les conté esta misma historia y me confirmaron que el cortometraje era suyo, y que de hecho, se trataba de los mismos músicos diez años después. Además, parece ser que el cortometraje que se quedó en mi memoria ha sido todo un fenómeno en Internet, recibiendo en esta década unos diez millones de visitas.

Con ese background y el premio joven de la Semana de la Crítica de Cannes, llegaba Sound of Noise, protagonizada por ese grupo de percusionistas que esta vez no iban a hacer música sólo con un apartamento sino con una ciudad entera.

No es la primera vez que se intenta tal hazaña: Berlín, sinfonía de una ciudad también quiso extraer la música de una urbe, sólo que Walter Ruttman proponía una música de formas en movimiento, de líneas y velocidad. Sound of Noise busca la música en la ciudad, a partir de sus superficies y objetos, a los que resiginificará como improvisados instrumentos musicales.

Concierto fílmico, performance musical-cinematográfica pública/privada y policiaco de aire sofisticado para poner en escena el terrorismo musical con más humor llegado desde Suecia, esto es: explorar las fronteras entre el sonido y la música –los directores mencionan la influencia musical de John Cage- mediante ataques sonoros a los bastiones de una sociedad con un rictus algo tieso (del sistema de salud al financiero). Ataques que investigará el policía Amadeus Warnebring, hijo de una familia de músicos clásicos con una particular sordera selectiva y una progresiva fascinación por Sanna Persson y su banda.

La polisemia de la palabra banda viene aquí al pelo, porque esta es una película de músicos y de delincuentes –culturales-, cuya doble condición no podía por menos que hablar del poder de subversión del arte a través del desconcierto y de la introducción de lo inesperado y lo inusual en lo cotidiano. Puede sentirse en este film la presencia o los ecos del Club de la Lucha y su terrorismo contra la sociedad acomodada, incluido el homenaje al plano final de la película de Fincher, esta vez sin inserto porno.

La película se desenvuelve con estilo, gracia y frescura en las cuatro acciones musicales que acontecen: 1. Doctor, doctor, gimmie gas (in my ass), 2. Money 4 u, Honey, 3. Fuck the music, Kill! Kill, 4. Electric love, pero con mucha menos pericia en la parte narrativa y dramática, más aposentada en lugares comunes y con un influjo muy poco liberador. La investigación de Amadeus no depara grandes sorpresas, es más, se aproxima con cierto maniqueísmo al mundo de la música clásica, y la historia entre Amadeus y Sanna hace aguas desde muy pronto, presa del esquematismo y el manual. A ello no ayuda que cada uno de ambos se mueven en registros interpretativos muy distintos: él rozando el melodrama, ella en la escuela de la contención.

Parece como si al saltar del corto al largo, Simonsson y Nilsson hubieran querido incluir una línea dramática para sujetar el desarrollo de la película, pero parece bastante claro que no era lo que más les importaba, y eso se percibe. Así, la película tiene una bipolaridad muy curiosa, autodestructiva desde su interior: una propuesta artística y musical de índole subversiva vs. una narrativa tradicional y poco arriesgada. Ambos polos tienden a anularse el uno al otro sin solución, aunque afortundamente, es mucho más fuerte uno de los dos: el que permite que sigamos contemplando esta película como un experimento fresco y medianamente regenerador. Un film con hallazgos en la puesta en escena muy poderosos, como el pentagrama eléctrico con los músicos suspendidos o la música lumínica, hecha de ritmo y lapsos de luz, momento en que se rozan desde la distancia y con una tenue sonrisa la vieja película de Ruttman con la de la pareja sueca. Posiblemente también Sound of Noise se quedará fijada en mi memoria a través del tiempo, y es que no le faltan argumentos.

Aún y así, me hubiera gustado ver qué hubiera sucedido si se hubiera minimizado la trama dramática y se hubiera arriesgado a concebir un largometraje de hora y media con la misma propuesta de Music for an apartment and six drummers.

Tendré que imaginármelo.

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Finisterrae: de fantasmas y princesas

Con todos los números para convertirse en película de culto, más por su condición fronteriza entre impostura y declaración de principios, que por su auténtico influjo cinematográfico, Finisterrae es literalmente una fantasmada, única excepción del término que en este caso no es peyorativo, sino descriptivo de un film protagonizado por dos verdaderos fantasmas (analógicos).

He aquí un experimento -se rodó sin guión y se dialogó en ruso- que Sergio Caballero y Lluis Miñarro, su productor, nos sirven en bandeja de plata, gracias a la delicada fotografía de Eduard Grau, que dota a las imágenes de un aura misteriosa y de un acusado acento pictórico -que a veces roza el pesebre viviente, el cómic y hasta el desfile de maniquís con sábana a la cabeza-, y gracias también a un lustroso trabajo de sonido que actúa como pegamento y sello para el conjunto de la propuesta, tan digresiva como críptica y no menos surrealista. Es algo parecido a ver la versión post (post-lo-que-sea) de El cant dels ocells de Albert Serra, estilo fantasma.

Firmada por un forastero -¿intruso?- en el mundo del cine (director del Sónar), Sergio Caballero parece aprovechar su condición de visitante para tomarse una libertad narrativa, formal y conceptual poco habitual ya no sólo en el cine de casa, también en el Cine, en general. Con paréntesis para el videoarte catalán más trash, salidas -literales- del cine al cuadro y del cuadro al plató, y del plató a… e increíbles resonancias -voluntarias o no, eso ya…- como ese ciervo que camina por el antiguo palacio, visto no hace tanto en Visage, (la mole cinematográfica de Tsai Ming-liang), la historia de dos fantasmas que quieren dejar de serlo se perfila por momentos como la redención de dos donnadies que quieren volver a ser alguien, a ser bellos, príncipe y princesa para la ocasión.

Siempre en la línea, en la cuerda floja, la película de Caballero intenta acceder a la verdad a través de la mentira, a lo real a través de lo impostado. En ocasiones lo consigue, como en esa espléndida secuencia final en que la cámara bascula de los fantasmas al fuego y del fuego a los fantasmas, y el ritual de paso opera su magia. En otras, secuencias varias en la nieve y en otros escenarios, las formas señalan insistentemente hacia una poética autoral, sustentada por la fotografía y el sonido, que no termina de cuajar, autoinhibida por ese juego entre farsa, provocación, bofetada y autenticidad que define el film, y que no siempre está bien resuelto.

Podría haber sido, Finisterrae, una obra mucho mayor, pues tiene los elementos conceptuales para serlo. Pero le falta un poco, un algo más de corazón, de verdadera y honesta locura, para rebasar su propia propuesta y expandirse o, quien sabe, autoaniquilarse en directo.

No es una obra maestra pero, sin duda, es quizás la mejor comedia española del año, la propuesta más marciana y desprejuiciada, un film por donde los personajes se pasean como si estuvieran en una constante performance orate y escuchan caracolas de las que sale música o insultan a las hippies que van semidesnudas por la nieve.

Más films como Finisterrae, más marcianos todavía, más delirantes, más espesos, más arbitrarios o farsantes, son necesarios para insuflar salud en el cine español y en el Cine, en general.

Uncle Boonmee who can recall his past lives: trance en la sala.

El cine que cambia cosas, que va un paso más allá… no siempre entra a la primera. Es como comer aceitunas por primera vez, probar el primer trago de cerveza o dar la primera calada a un pitillo. No es exactamente agradable, pero sí tentador. Debe ser por eso que algo queda dentro que nos lleva a comer la segunda aceituna, y luego la tercera, para finalmente volvernos unos  amantes de esos delicados frutos amargos.

Como ejemplo de fruto amargo, cinematográficamente amargo, de los que hacen fruncir las cejas y removerse en la butaca, recuerdo el film Autohystoria de Raya Martin. Tras aquellos interminables travellings de seguimiento y los exasperantes planos fijos de rotondas con tráfico, no estaba claro si se escondía el gran fake del cine asiático o la gran esperanza. Por suerte, al ver Independencia, del mismo autor, me quedó claro que de ser una de las dos cosas, estaba mucho más cerca de ser la segunda.

Igual que Raya Martin, Apitchapong Weerasethakul -cuyo nombre ya se pronuncia con cierto ritmo y gracejo- me sugirió al inicio, tras ver Tropical Maladies y Syndromes and a Century, el perfil de un cineasta poco convencional, pero en este caso, no me pareció que llegara ni siquiera al nivel de interés de la aceituna. Me parecía pura y simplemente un cineasta vacuo, cuyas imágenes no encerraban nada más que el agotamiento de un modelo de cine de autor que habría renunciado al drama en favor de la nada, aderezada con el tedio.

Al ver Uncle Boonmee who can recall his past lives, de nuevo tuve la sensación de dilucidar el enigma del bluff que se cierne sobre las nuevas promesas, esta vez también a favor del cineasta. Será que no tengo ojo para el talento emergente. O eso, o demasiado sueño en alguna de las proyecciones…

Uncle Boonmee… es grande por su condición de experiencia de trance, y al verse en una sala de cine, el trance resulta colectivo. Es una experiencia física, que calma los sentidos en esas casi dos horas de duración en que uno se siente como si estuviera en duermevela, o dicho más exactamente, en estado de meditación. Las atmósferas sonoras, envolventes, profundas, la fotografía, naturalista y acogedora y la cámara, que observa el devenir de la vida, que acepta el tiempo natural de las acciones y de las no acciones, son los hilos que mueve Apitchapong para construir un artefacto fílmico con el que atraviesa el cuerpo y se instala en un lugar recóndito del espectador, con habilidad de serpiente.


Esa misma introspección es la que vive el tío Boonmee los días previos a su muerte, en lo que será un viaje hacia el epicentro del misterio de la Naturaleza, humana, animal o vegetal. La Naturaleza, su esencia, su tiempo y sus espacios son el gran tema del film, cuyo verdadero objeto es mirar, dejarse fascinar por esas personas que viven en la región de Thailandia en la que creció el director, una región pobre y que se suele retratar como “poco sofisticada”, pero que Weerasethakul retrata como un espacio en equilibrio, en donde las personas y el entorno están fusionados en un tempo único.

Construida desde lo cotidiano y desde lo íntimo, uno de los aciertos de Uncle Boonme… es la inclusión de los elementos fantásticos: de los fantasmas a los hombres-mono, y su integración en el entorno y en esa misma vida cotidiana. Su aparición, que irrumpe en la vida del tío Boonmee y los que viven con él, no está exenta de sentido del humor y de cierto aire ridículo que pronto deja paso a una total naturalidad. Más o menos, la misma operación que efectuaba Almodóvar en Volver, que también acudía, por cierto, a la narrativa popular y, en aquel caso, a la superstición de las áreas rurales.

Weerasethakul, y esto no es nuevo en su filmografía, está decidido a trabajar con el material autóctono, con las narrativas propias thailandesas en lo que constituye su propio acto de resistencia para combatir las narrativas globalizadas y preservar cierto folklore pasado por el cedazo de una mirada moderna, que no deja de lado la ironía ni el apunte.

Aunque ante todo, esta es un película hecha desde el respeto y la honestidad, y también desde la libertad. Una libertad que permite tener a los fantasmas deambulando por la casa como si nada sucediera, pero que también da como resultado la inclusión de episodios como el cuento de la princesa o la secuencia del sueño narrado con fotografías de niños de la zona. Irrupciones que muy bien podrían ser arbitrariedades o caprichos, y que tal vez lo sean, pero que al mismo tiempo no dejan de sugerir y de interrogar, algo de lo que no se cansa la película hasta el mismísimo final.

Inasible como ella sola, ver Uncle Boonmee… es como seguir una luz en la oscuridad que alumbra fragmentos de las grandes preguntas y destellos de las posibles respuestas. Destellos como los que vemos en las paredes de esa cueva uterina a la que acuden los animales viejos a morir, y en donde la realización de Weerasethakul abandona el estatismo de lo cotidiano para imbuirse de la agitación del misterio y de la vibración de lo místico.

Una película bella, imperfecta, extraña y muy personal, con una gran capacidad sensorial.

Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre ella. A decir verdad, también mucho se ha hiperbolizado, posiblemente como efecto secundario del trance colectivo. Me pregunto cuánto no tiene de narcótico fílmico esta propuesta y cúanto no tienen los críticos de adictos a sustancias-películas psicoactivas.

Queda por ver la videoinstalación que según Weerasethakul complementa la película, ambas nacidas de la adaptación de un libro y parte de un proyecto más amplio que el director titula Primitivo.

Pero antes incluso de poder ver esa instalación, que parece ser que se detendrá en Madrid y Barcelona en un futuro próximo -gracias tal vez, en parte, a la co-producción que firma Eddie Saeta del film-, y tras todo lo elucubrado sobre la ganadora del último Festival de Cannes, se puede decir sin lugar a dudas que sí hay cine, sí lo hay.

Festival de Sitges 2010, crónica

 

Un buen Festival de cine tiene como reto, entre otras cosas, propulsar la mente de sus espectadores a las nuevas realidades del cine que programa. Y el Festival de Sitges, en su apuesta por una programación “no dogmática” del fantástico, como la define su director, Ángel Sala, consigue precisamente crear ese espacio abierto en el que se encuentran directores de sensibilidades tan dispares como Apitchapong Weerasethakul o Kim Ji-woon, con películas que acuden al fantástico para buscar herramientas con las que explorar su país, su Historia o la moral de sus congéneres.

Sitges 2010 traza un mapa de un país imaginario con capitales del clasicismo (Thriteen Assassins, Takashi Miike) y con fronteras difusas, la mayoría de ellas perfiladas en la sección Nuevas Visiones, con trabajos como Sound of Noise, Rubber o La Doppia Hora. Más acertados o más fallidos, pero siempre conscientes de su papel de redefinición del territorio y sus límites.

Ese abanico de obras es la gran baza de un evento que lejos de resultar un cajón de sastre en el que todo vale, es un patchwork -ensangrentado- que ofrece una imagen de conjunto con todas sus especificidades, salvedades y, por supuesto, puntales del género. Un Festival en el que además de a amplificar la capacidad pulmonar para respirar fantástico se viene a pasarlo bien.

Porque Sitges es, además de un evento cinematográfico, un evento cultural en el que se reúne un público vigoroso, entregado, fan del cine de terror y del cine fantástico. Aplaude cuando aparece la cortinilla del Festival, aplaude cuando aparecen los créditos y aplaude cuando una cabeza es cortada y rueda por el suelo -a veces, incluso, cuando no es una escena para aplaudir, también aplaude-. Acudir al Festival de Sitges es acudir a un evento de pulsiones que se dan lugar en la pantalla y fuera de ella: en la sala de cine o en la calle, con el paseo de Zombies. Toda una experiencia de intoxicación, liberación, abrumación, y en general, resistencia al envite del género.

De hecho después de diez días y montañas de películas en circulación por las retinas, los habitantes del pueblo comienzan a parecer psicópatas en potencia y cualquier situación cotidiana es factible de saldarse con un baño de sangre y un montón de vísceras…

Con todo: con los excesos de público, los excesos de violencia, de perturbación moral y distorsión de lo real, me quedo, como colofón, con una frase que pronunció Roberto Cueto en la charla que Cahiers du Cinéma organizó para analizar cuestiones sobre la autoría y el cine de género. Mencionó, muy acertadamente, que el cine porno y el cine de terror tienen en común ser un cine de los cuerpos y apuntó que “su imaginario es válido por su fisicidad y no por lo que significa”.

Me quedé pensando en esa idea.

Arrancando

Después de darle unas cuantas vueltas, he decidido abrir este blog sobre cine, porque aunque hay mucha gente ya diciendo y diciendo bien, eso nunca inhibe las ganas propias de decir, y de intentar, además, decir algo.

Hablando y escribiendo sobre cine, sobre el cine que nos mueve, estamos también ayudando -no es nada nuevo- a construirlo. Pensándolo, desgranándolo y creando un campo de sensibilidad hacia formas heterodoxas de creación, algo vital ante la igualación y esterilización de las sensibilidades o su petrificación en nichos culturales.

Me gusta la idea de arrancar este proyecto con una pequeña crónica y una selección de películas del Festival de Sitges 2010, uno de mis Festivales de cine favoritos por la forma en que se vive el cine, y también por el cine que se proyecta.

Un saludo a todos.