Leviathan. Alto impacto sensorial.

Ver la última de nuestras crónicas del Festival de Sitges 2013 para más información sobre este documental.

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Crónica IV del Festival de Sitges. Sobre las despedidas.

Los premios ya se repartieron aquí, en el Festival de Sitges. Pero ésta no es una crónica sobre quién ha ganado qué. Hoy la cosa va más bien de despedidas y de anotaciones en clave personal, las que una toma sobre las películas que le resultan significativas y, siendo sinceros, de las que alcanza a ver dentro de una programación inabarcable como la de Sitges.

Pongamos como ejemplo Leviathan, de Lucien Castaing-Taylor y Verena Pavel, proyecto que nace del Laboratorio de Etnografía Sensorial de Harvard, y que se acerca a la labor de un pesquero comercial en el Atlántico Norte. Los realizadores eligen una puesta en escena que aborda la violencia intrínseca y la dureza del oficio de estos pescadores, desde una subjetividad que trabaja con la curiosidad por los cuerpos -sean de los pescadores o de los pescados- y por los materiales y espacios donde acontece el trabajo. Sin ninguna clase de diálogo explicativo, Leviathan es un inquietante film acerca del impacto del oficio en todo el universo que éste crea, un mundo en donde los olores del pescado, el color de la sangre y el acecho constante del agua, nos transportan a un territorio de sutil terror en estado de suspensión. Allí se entrecruzan misteriosamente la brutalidad y la poética de un mismo mundo, en un equilibrio siempre tenso y directo a la retina.

Otra de las películas más relevantes vistas en esta edición ha sido Nobody’s Daughter Haewon (2012), de Hong Sang-soo. Historia minimalista de una joven estudiante de cine que tiene una relación sentimental con uno de sus profesores, un hombre casado. Flirteando con la comedia ocasional pero sin dejar la apariencia de drama realista, el trabajo del director coreano posee una verdadera profundidad emocional en torno a los desórdenes que genera el choque entre las relaciones amorosas y las concepciones de una sociedad, la oriental en este caso, acerca de las mismas. Todo ello con un planteamiento cinematográfico en el que aparentemente no sucede gran cosa, a parte de encuentros fortuitos, estados soñolientos y largos paseos, pero que, igual que sus personajes, esconde una enorme intensidad en su interior, que se revela a través de escasos detalles, gestos y palabras. Escurridiza y desconcertante, Nobody’s daughter Haewon tiene el hallazgo de dejar que las cosas ocurran y de no colocarse nunca por encima de aquéllos cuyas vidas nos expone, por muy confundidos que se encuentren o por ridículos que a veces resulten. El espectador saca sus propias conclusiones, una de ellas, sin duda, la del excelente trabajo de la actriz protagonista, Jeong Eun-Chae.

Imprescindible mencionar también en esta última crónica La fille de nulle part (Jean-Claude Brisseau, 2012), que narra la relación afectiva que se establece entre el personaje interpretado por el propio Brisseau y una joven que aparece un buen día en su escalera. Con un presupuesto mínimo y rodada en la casa del director, la película tiene profundos ecos con Closed Curtain (Jafar Panahi, 2013), que reseñamos con anterioridad, con quien comparte reflexión acerca de la realidad de lo ilusorio y de su desesperada necesidad. En equilibrio entre un cine de autor de cierta vocación intelectual, e influjos de la serie B y notas de comedia paranormal, el trabajo de Brisseau puede ser algo denso en su lenguaje en algunos tramos y más convencional en su propuesta emocional de lo que quizás le gustaría reconocer, pero resuelve con libertad los escenarios que crea, haciendo gala de una saludable falta de anquilosamiento para hablar de las soledades modernas y sus -posibles- fantasmagorías.

Vale la pena citar aquí también dos propuestas en las cuales el grado de libertad o de gamberrismo, otorgan una agradable sensación de desconcierto que equilibra sus posibles flaquezas visuales o su narrativa fílmica digresiva. Hablo de Much ado about nothing (Joss Whedon, 2012) y Yellow (Nick Cassavetes, 2012). La primera trabaja sobre el texto de Shakespeare, Mucho ruido y pocas nueces, colocándolo en boca de unos modernos y ricos sujetos de California en lo que parece tratarse de una operación posmoderna de parodia del amor romántico, pero elaborada desde el respeto. Muy divertida, la comedia no destaca ni por sus actuaciones ni por sus escenarios -de nuevo, la casa del director-, pero sí por un ingenio que, de alguna extraña manera, la emparenta con su original. Yellow, a su manera, también parece conservar y desmarcarse de sus referentes al mismo tiempo. Éste podría haber sido un drama independiente de personaje con adicciones, pero su voluntad de escenificar los delirios de su protagonista y de parecer una película y al momento siguiente otra, para luego convertirse en otra más, la vuelve arisca a las clasificaciones y rica en hallazgos ocasionales.

Imposible esta despedida sin una alusión a Only lovers left alive (2013). Jim Jarmusch ha construido una exquisita pieza fílmica tan cerca del silencio de la vida eterna como de la música carismática que impregna los rincones que van de Detroit a Tánger. La historia de amor entre dos vampiros interpretados por Tilda Swinton y Jared Leto hace cuajar el mejor cine de Jarmusch, el que posee una noción de estilo más sofisticada, un realismo agudo y glamuroso a la vez, para abordar aquí un mito transversal al tiempo, en el que la libertad individual entra en conflicto con la estabilidad sociedad. Sosegada y culta, evocadora y voraz, Jarmusch firma uno de sus mejores trabajos.

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Crónica III del Festival de Sitges 2013. Sobre lo “real”.

¿Quién puede afirmar hoy en día, sin lugar a dudas, que una imagen cualquiera, hallada en un magazine encontrado o en una película programada en televisión, es real, real al 100%? ¿Y qué significa exactamente hoy la palabra realidad?

Los programas de edición y retoque fotográfico, y los que permiten la creación de imágenes e incluso mundos virtuales, han generado, como efectos “colaterales” a su función principal, la desconfianza creciente hacia las imágenes que nos rodean. Pero, ¿puede esa desconfianza penetrar, por una sutil ósmosis, a otros territorios, como por ejemplo el de la memoria? Gran parte de nuestros recuerdos están formados por imágenes, y en una sociedad donde las imágenes son el centro de las alteraciones digitales, ¿podemos confiar en las estampas de nuestra memoria, más aún, en las imágenes provenientes de nuestro interior?

Sitges 2013 viene atravesado, y no es novedad aquí, por un cuestionamiento de la realidad y su status, cuyo origen se encuentra en el cerebro humano. La ópera prima del español Jorge Dorado, Mindscape, propone un film de ciencia ficción en el que los recuerdos de una joven adolescente que se encuentra bajo sospecha de ser una sociópata, se volverán la clave para determinar su condición. La capacidad de manipulación del personaje que interpreta la actriz Taissa Farmiga sobre esas imágenes proyectadas, se convierte en el verdadero foco de debate de esta historia, con final-giro incluido, en la estela de Sospechosos habituales o, salvando las distancias, de algunos trabajos de Shyamalan. Y es que Mindscape tiene una clara vocación llamémosle internacional o llamémosle de cine “a la americana”. Abrieron la vía de este tipo de producciones -cine de terror o suspense hecho con profesionales nacionales y producción extranjera, con factura espectacular y casting americano- Amenábar, Fresnadillo o Bayona. A unos les ha salido mejor que a otros la aventura americana y esa adscripción al canon de Hollywood. A Dorado le ha salido bien, su película convence, más allá de por sus logros de guión o por las interpretaciones, por la distancia justa en la que coloca la cámara y desde donde cuenta la historia, ajena al espectáculo vacuo de otras aventuras similares.

Real, de Kiyoshi Kurosawa es quizás todavía más explícita, en su título, acerca de su búsqueda. La propuesta recuerda a la soberbia Vanishing Waves, que pudo verse en la edición pasada del festival, con la que guarda un parentesco de hermana menor. Las imágenes del subconsciente son aquí el lugar de tránsito de los personajes y el material potencial de engaño. ¿Es más real la realidad exterior o la interior? ¿Cómo diferenciar ambas cuando la conciencia queda suspendida en un coma?

Sobre las múltiples realidades que conviven en uno mismo, esto es: mundanas, evasivas, constructos fantasiosos y auto-ficciones fetichistas, cuando no, ridículas, trata el film que firma Roman Coppola y que lleva por título (no poco largo): A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III. Interpretada por un Charlie Sheen tan crepuscular como inspirado, la propuesta de Coppola parece nutrida del cine de Gondry y Wes Anderson, o de la escritura de Charlie Kaufman. Quizás llegue un poco tarde a esa selecta fiesta de cine independiente, y con un traje un poco visto para la ocasión, pero llega con una borrachera tan grande y autoindulgente, que, la verdad, resulta bienvenida.

Y si de estados mentales hemos hablado, no podemos dejar de mencionar una película que es en sí misma un estado mental alucinado, una abstracción sostenida de unos personajes que conectan con algo que bien podríamos llamar eternidad, con la facilidad que en las películas de Almodóvar aparece un travesti. Se trata de Only God forgives, lo nuevo de Nicolas Winding Refn, director de Drive, y realizador más que convencido de sus habilidades: admirado de ellas. No le faltan motivos, Only God forgives camina en la fina línea que separa lo sublime de lo ridículo, y sale airosa del desafío propuesto. Arriesga con una fotografía colorista, satura pero contrasta: la interpretación contenida de Ryan Gosling colisiona con un universo de bajos fondos que expresa su desmesura en el color. Desvaría además con el espacio, tan recargado que resultaría risible, si no fuera por la violencia que acontece en su interior. Espacio que se libera de sus coordenadas, como el tiempo y las acciones, que colocan a los personajes más pegados a la calle y a la sangre en un territorio de onirismo y trascendencia que los convierte en seres trágicos y sobredimensionados, misteriosos esclavos de sí mismos y sus pulsiones. Lynch o Wong Kar-wai resuenan en un film que es puro montaje, simbolismos, música que sostiene y eleva, y desmesura estética a raudales. Una de las mejores películas vistas hasta la fecha en este Sitges 2013.

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Crónica II del Festival de Sitges 2013. Sobre conexiones y desconectados.

En la presentación de The Zero Theorem, el último trabajo de Terry Gilliam, el director trasladaba una pregunta a los espectadores con su particular estilo de showman indie. En un mundo en el que todos estamos constantemente conectados, ¿qué pasa si uno no quiere estar conectado con los demás? ¿qué ocurre cuando uno decide desconectar?

Gilliam reconocía haber hecho esta película con menos tiempo, menos dinero y mayor dosis de intuición que en sus anteriores trabajos, caracterizados por su extenso desarrollo en el tiempo, e incluso por su falta de consecución, como la adaptación de El Quijote que lleva desde el año 2000 intentando levantar.

Si Gilliam ha cambiado el proceso de trabajo, no se nota demasiado. The Zero Theorem es material del autor al 100%. Burócratas misteriosos, personajes al borde de la locura, soledades envueltas en la parafernalia del gadget retro de ciencia ficción, que aísla y alía a un tiempo. Terry Gilliam posee sin duda el poder de crear imágenes para la fascinación, con una textura que rebasa su formato -ha rodado en 35mm-, persiguiendo la captura de los ecos del dolor y el amor en el género humano. Así las cosas, The Zero Theorem adopta el mismo aspecto de película de culto que tenían Brazil o Doce monos, y sin embargo difícilmente traspasa esa fina pantalla que une al creador con sus espectadores. Escenarios increíbles y gags visuales ingeniosos caminan por un lado. Por el otro transitan errabundos personajes con conflictos en forma de entelequias -esperar una llamada que resignificará su vida- y actores -el gran Christoph Waltz- que no acaban de pillarle el rasero a su personaje. ¿Puede una película que busca el calor y la cercanía resultar fría y lejana? Las imágenes, con tanto potencial revelador, terminan por parecer casi estériles -casi-, ya que las emociones no se han desparramado por la película con la misma habilidad que el imaginario visual de Gilliam.

Los dispositivos móviles son cada vez más frecuentes en las películas, como parte de la trama o como objeto emocional. En Magic, Magic, trabajo del chileno Sebastián Silva, el móvil constituye el rescoldo al que se agarra Alicia, una joven americana que viaja a Sudamérica, para intentar escapar de una realidad que vive como opresiva y que le hará ir desconectando de lo real paulatinamente. Excelentemente desarrollada, con especial tino para atender a los detalles y al camino que lleva a alguien a perder la cabeza y entrar en su lado oscuro, Magic, Magic se coloca muy cerca de la piel y de lo telúrico, abordando el misterio de lo humano desde la incógnita, desde una inquietud construida en cada elección de vestuario y cada escenario que se vuelve ajeno habiendo sido familiar.

Por último, en Nuevas Visiones, Jellyfish eyes nos deja con el regusto de ese cine oriental delirante, completamente irreplicable en cualquier otro lugar del mundo, atravesado por un low-cost naïf que bebe del anime, del videojuego, del escenario social post Fukushima y, todavía, del imaginario fílmico de Godzilla. Todo ello en un universo donde los niños conectan entre ellos a través de seres virtuales -¿mitad peluches, mitad avatares?- que se materializan en nuestro mundo y son controlados gracias a dispositivos móviles. Nativos digitales para los que desprenderse de sus criaturas virtuales no podría ser nunca una liberación; al contrario, lo virtual se propone como excelente mediación de lo real.

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Crónica I del festival de Sitges 2013. Sobre los reencuentros.

En 1998 tuve la ocasión de ver la película El dentista II, dirigida por Brian Yuzna, aquí, en el Festival de Sitges, que hoy comienza su 46ª edición. Recuerdo que ese día aprendí que con el terror se podía uno reír, es más, una sala llena de espectadores podía carcajearse y aplaudir tras cada miembro amputado por una sierra eléctrica o tras cada muerte que de tan rocambolesca, resultaba ridícula. Se generaba en aquella proyección, y en muchas otras se generaría, una extraña energía impregnada de un íntimo desvío hacia la incorrección y de cierto éxtasis de una comunidad que se reconocía a sí misma en la acción, en la acción de espectadora, esto es: como colectivo activo, exigente, entregado… lo que hoy se conoce como fenómeno fan, y que define parte del éxito de este festival.

Proyecciones como ésa, hacen que volver a Sitges sea cada año un reencuentro, y no sólo con una programación intensa y desbordante, ni con esa comunidad que año tras año, y década sobre década, vuelve a este pueblecito de apariencia sosegada, se trata también de un reencuentro con la propia memoria que uno tiene como espectador y con la relación con el cine de género fantástico y de terror que uno se ha ido forjando.

Hoy he podido ver Closed Curtain, el film que el iraní Jafar Panahi ha realizado después de ser condenado a seis años de cárcel y veinte de inhabilitación como cineasta en su país. Mientras se pelea con la justicia, filmó en 2011, This is not a film, y en 2013, este trabajo que ganó el Oso de Plata al mejor guion en el Festival de Berlín. Pieza labrada con serenidad y dolor, el que se intuye tras las figuras de esos fantasmas que conviven con el director en su casa, en forma de álter egos o de enigmas y desafíos. Ficciones que adquieren una entidad tan densa, que muy bien podrían constituir realidades, si es que no lo son ya o no lo han sido siempre, por lo menos realidades emocionales de aquél que las filma.

Un abismo separa El dentista II de Closed Curtain, o quizás, me pregunto, no sea tan grande ese abismo como aparenta. Las raíces del miedo beben de las mismas aguas profundas, que suelen resultar muy difíciles de nombrar. Aquí van a darse cita unas cuantas formas de acercarse y modelar esas lagunas sospechosas. Por ejemplo lo que pueda proponer Terry Gilliam con su The zero theorem o Peter Greenaway con Goltzius & The Pelican Company. En la Sección Oficial, a destacar Mindscape, de Jorge Dorado, con producción de Jaume Collet-Serra, u Only God forgives, de Nicolas Winding Refn, el director de Drive. La nómina de directores es amplia: De Palma, Jarmusch, Takashi Miike, Miyazaki… Pero aquí, no nos olvidamos nunca de una de las secciones más interesantes del festival, a la que solemos dedicar parte de esta cobertura: Nuevas Visiones. El cine más desconocido y más atrevido, del que daremos también buena cuenta.

(Crónica publicada en Diario Siglo XXI)

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Crónica III y última del Festival de Sitges 2012. Territorios del cine y de la mente.

El cine, como otras artes, posee la capacidad de amplificar las intuiciones humanas -que a veces se presentan pequeñas o débiles-, referentes a la existencia o co-existencia de otros mundos en el nuestro: el mundo de la muerte, el mundo de la conciencia y el mundo de lo fantástico en el real, sea de forma tangible o inmaterial.Lo mencionábamos hace unos días en la primera de estas crónicas en relación a la lisérgica propuesta Holy Motors, y hoy volvemos a hacerlo con una sensación renovada de hallazgo, gracias a los films Aurora (Vanishing Waves, Kristina Buozyté), Animals (Marçal Forès) y Vous n’avez encore rien vu, el último film del veteranísimo Alain Resnais.

Estos tres films, diversos entre sí en origen –Aurora es lituana, Animals catalana y Vous n’avez encore rien vu, francesa- y propuestas fílmicas, contienen como denominador común la escenficación de algo que podríamos llamar los territorios de la mente, que en algunos casos cabría también denominarlos escenarios del alma y en otros arquitecturas filmadas de las cavernas del cine.

Aurora es la más exhuberante en lo visual, la más desatada y atrevida. Hace gala de una ciencia-ficción desbordante, comprometida con la búsqueda de nuevos caminos estéticos para elaborar viejos dilemas sobre el deseo, el amor y la muerte, lo que le lleva a no quedarse en la imaginería virtual hiperavanzada, sino a indagar en la intimidad, el sexo y el cuerpo, de la forma más táctil posible. No en vano se ha hecho con el Méliès de Oro a la mejor cinta fantástica europea del año. Bajo la premisa de un experimento neurocientífico que conectará el cerebro de Lukas, del equipo científico, con el de una paciente en coma, asistimos a ese territorio compartido de ambas conciencias, donde Lukas y el personaje excelentemente interpretado por Jurga Jutait, ponen en escena una cadena de situaciones en las que se verán desbordados por la atracción, la sexualidad, el miedo a la pérdida y la búsqueda desesperada de algún tipo de liberación ante la situación creada.

Cada escena cuenta una emoción distinta y de manera también muy diferente: la cámara cercana y orgánica que narra el descubrimiento erótico primitivo; la fría y grotesca aproximación al epicentro del coma a través de esa imborrable escena de la comida; la turbia, desenfocada y tendiente a la abstracción huída por el bosque… El gozo sensorial es inmenso en Aurora, y su historia es compacta. Bebe de aquella urgencia delirante de Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004), del miedo abisal que definía Solaris (A. Tarkovsky (1972). Revisa las aportaciones de Kubrick, transita los géneros con pasmosa elegancia e hibrida nociones contemporáneas del mundo de la escena. La conciencia se convierte en territorio necesario a expandir cuando el mundo exterior se presenta como el actual. Cuando afuera se contrae, el ser humano hace crecer lo único que le queda: su interior. Allí, nos dice Aurora, se libran problemas contemporáneos, como la muerte del deseo de Lukas; carencias que configuran al ser humano, ese mismo que a su vez construye el mundo por el que luego se sientirá oprimido.

Con esas carencias interiores en primer plano de diserción, construye el debutante Marçal Forès, formado en la factoría ESCAC, su ópera prima Animals, título que puede leerse en inglés o catalán, pues en la película se hablan ambos idiomas además de castellano. Emparentada con el cine independiente americano del corte de Gerry (Gus Van Sant, 2002), Donnie Darko (Richard Kelly, 2001) o Thumbsucker (Mike Mills, 2005) –por no citar La ciencia del revés, de M.Gondry-, Animals narra la historia de Pol, un adolescente que habla con su osito de peluche -que se mueve y le contesta-, mientras se enfrenta a la transición al mundo adulto en crisis con su orientación sexual y su lugar en el mundo. Se trata de un viaje iniciático hacia el mundo del deseo, del sexo y de la muerte, narrados desde una óptica cotidina que se va volviendo progresivamente extraña, suspendida, atmosférica.

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El estimulante tratamiento sonoro, nutrido de texturas sostenidas así como de música pop, puntúa de forma onírica o efervescente una imagen suave que transita desde cierta luminosidad inicial, hacia una fotografía cada vez más sombría, con una paleta cromática formada por los colores del bosque, interrumpidos ocasionalmente por el rojo de la sangre, que mana siempre de manera inesperada. Se ha hecho hincapié en como Animals mezcla varios géneros con destreza en su seno, aunque algo resulta todavía más llamativo que la mezcolanza genérica, y es ese elemento central: el osito de peluche. Más allá de operar como símbolo de lo infantil, funciona como elemento de lo fantástico, transversal al mundo de los vivos y al mundo de los muertos. He aquí el territorio expandido del ser como de la persona: la fantasía, su fantasía. Territorio aquí defendido por Forès con su película, como frontera ambigua, no sólo entre la vida y la muerte, también entre el bien y el mal.

El film consigue transmitir la desazón emocional de su personaje, captar el misterio de su tránsito, de su identidad líquida cuyas ondas de expansión reverberan por el paisaje, dramatizándolo con tino. El desarrollo es impecable, lúcido, pero el final de fiesta no está a la altura y causa dudas sobre la densidad de sus reflexiones. El apunte intertextual y siniestro sobre las matanzas en institutos y la resolución poco desarrollada que parece temer no hallar fuera de la tragedia una verdadera sabiduría, aflojan el hasta el momento bien rematado entramado fílmico, en una película cuya cinematografía se encuentra muy por encima de gran parte del cine español actual.

Unos debutan y otros van cerrando su carrera, como es el caso del nonagenario Alain Resnais, cuya necesidad de hacer cine sigue siendo lo suficientemente fuerte como para embarcarse en proyectos tan autoreflexivos con el medio como Vous n’avez encore rien vu, quizás la más conceptual de las propuestas, la más intelectual, a la usanza de otra época, sin terreno para la sensorialidad emotiva hoy de moda, pero con espacio para toda la angustia existencial necesaria para la sacudida de los cimientos del espectador. Que nadie espere la película indulgente de un hombre mayor que reúne a buena parte de los grandes actores franceses del pasado y del presente para algo parecido a una última función. Resnais nos habla del amor y sus falacias, de los propios autoengaños en las relaciones de pareja, de las buenas intenciones opuestas a las verdaderas acciones.

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El argumento es simple: un gran dramaturgo francés, reúne tras su muerte en su mansión a sus actores y actrices de Eurídice (su adaptación de la ópera de Gluck), para ofrecerles un vídeo de la obra de teatro que tantas veces han representado, llevada a cabo esta vez por una joven compañía. Los actores veteranos volverán a meterse en el papel que tan bien conocen para representar de nuevo Eurídice, y mientras lo hacen irán abandonando el espacio real del castillo para ir accediendo al territorio imaginario de su ficción. Pronto queda claro que lo que el difunto dramaturgo planea en realidad, en esa suerte de castillo encantado del teatro y del cine, es la culminación de un gran truco sobre, podríamos decir, las percepciones y las asunciones. Alain Resnais declara con libertad la violabilidad del espacio y del tiempo en el seno de la imagen, evita codificar los tránsitos que nos llevan desde el teatro videofilmado, al teatro diegético de la acción, al cine con texto teatral. Los espacios-tiempos reales y mentales, cohabitan sin presentaciones mutuas, como si Resnais nos dijera que siempre ambos territorios conviven en nosotros, y el cine lo único que hace es mostrarnos en imagen sus diversas capas y estructuras.

En este mirar hacia dentro de uno mismo y del propio cine, nos encontramos con escenas tan significativas como ver en pantalla partida a dos actores haciendo el mismo papel (primer y segunda generación de la obra), en un juego de yuxtaposiciones u oposiciones, que más allá de su valor “gramático” dentro de este trabajo sobre la representación, supone, igual que otros momentos, un secreto gozo en la observación de los intérpretes, la presentación de sus propias visiones sobre el trabajo, la exposición sus cuerpos y gestos mientras desempeñan su labor. Calidad, sorpresa y expansiones definen pues estos territorios fílmicos y mentales que encontramos en lo que está dando de sí esta nueva edición del Festival de Sitges.

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Ecos de Sitges 2012

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